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martes, 5 de agosto de 2014

LA OPINION DE DAVID TORRES: LOS JUGUETES DE ISRAEL

La fotografía muestra a una niña palestina tapándole los ojos a su muñeca, una niña que de golpe ha dejado atrás la infancia y que ha visto cosas que nadie debería ver. No está exactamente asustada ni aterrorizada: el terror y el espanto son sentimientos que ese pequeño rostro ha rebasado hace ya mucho tiempo, hace ya muchos muertos.


Y por eso el rastro de las lágrimas que han arrasado las mejillas y la mueca que le dobla la boca en una edad inconcebible.

Con una mano sostiene a su muñeca de plástico y con la otra mano le cubre los ojos para protegerla de ese horror que está fuera de cámara: los edificios devastados, las escuelas bombardeadas, los escombros que salpican las calles, la sangre sobre las piedras, los perros muertos, los hombres muertos, los cadáveres al sol.

Hablar de esa niña y de su dolor es hablar de Israel, de la obra de Israel, de la seguridad de Israel, de las razones de Israel, porque a lo largo de la interminable y desdichada historia humana siempre ha habido razones para todo, no digamos para las lágrimas de un niño. Pero la obscenidad alucinante de esa fotografía está en su pureza, en la mirada de la niña, en lo que queda al otro lado, fuera de foco: el martirio, el fuego, el vacío que no nos atrevemos a mirar y que ella piadosamente nos impide ver. Nosotros, los espectadores de esa masacre, los que ponemos etiquetas y nombres, nos asomamos un minuto al infierno de Gaza pero la niña palestina sabe muy bien que su desgracia no nos interesa, que no formamos parte de ese juego pavoroso y nos tapa los ojos.

Para esta niña anónima lo que sucede es una historia de juguetes, una guerra de juguete donde otros niños perversos también juegan a la guerra con aviones y con tanques, una película infantil descontrolada que obedece a consignas incomprensibles, Hamas, Netanyahu, terrorismo, el Margen Protector que reduce las cosas a cenizas, la vida a la muerte, los seres humanos a muñecos. En el calor de ese trozo de plástico que aprieta contra su pecho yace el último resto de humanidad, el último refugio contra la angustia de no saber y de no ser. Hay un punto más allá del cual las palabras no sirven y en ese límite empieza el balbuceo final de Kurtz, el diario de Ana Frank, el lenguaje de la destrucción con el que algunos poetas intentan abrirnos los ojos ante el mal. El gran poeta Alvaro Muñoz Robledano ha visto esta fotografía y ha escrito esto:

TOY STORY

es tan fácil seguir el rastro de las lágrimas

a través del polvo clavado en las mejillas

es tan fácil decirlo mirarlo una vez más

ponerlo por escrito asegurar las puertas

casi tan fácil como hacer fotografías

a las estalactitas o al vestido de novia

al tiempo que charlamos acerca de los muertos

y su caligrafía y bebemos un poco

más un día es un día siete una semana

de vientos arenosos y noches en cadena

fosforescentes lívidas es tan fácil entonces

pensar en los tejados que se hunden con estrépito

siempre en la otra acera sin nadie bajo ellos

sin interrogaciones a las que aplaudir

pero no es posible

a pesar de ser tan fácil

llegar a perdonar llegar a no saber

el pánico que sienten los muñecos tras ver

apenas un segundo

de tal facilidad

http://blogs.publico.es/davidtorres/2014/08/04/los-juguetes-de-israel/

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