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lunes, 6 de marzo de 2017

USA: EL MURO QUE SEPARA A MEXICO DE LOS TERRITORIOS QUE LOS YANQUIS LE ROBARON HACE MAS DE UN SIGLO, YA ESTA EN PARTE CONSTRUIDO

Arizona es uno de los lugares más peligrosos para cruzar la frontera (de México hacia Estados Unidos de América), pero se volvió una ruta inevitable para la migración cuando se empezó a erigir un muro muy parecido al que pregonaba Trump en sus actos, recogiendo vivaces gritos de ¡Hurrah! The Wall. “Voy a construir una muralla hermosa”, decía, y la gente aplaudía como si no existiera. Pero el cerco existe. Se empezó a construir por los grandes centros urbanos, como San Diego, en California y El Paso, en Texas, paradójicamente en la época de Bill Clinton. Hoy cubre un tercio de los 3 mil kilómetros de línea común entre México y los territorios que los yanquis le robaron hace algo más de un siglo. Con George Bush hijo y el 11/09, siguió creciendo hasta donde fue posible. Y si no avanzó más fue porque el relieve natural era muy escarpado y habría sido una tontería poner una pared o porque los dueños de los terrenos donde debería haberse levantado se negaron.


Más muro significó más muertes en Arizona. De hecho, fue diseñado para encauzar el flujo migratorio hacia el terreno más difícil, sabiendo perfectamente que iba a suceder lo que sucedió: una crisis humanitaria que muy pocos reconocen como tal. ¿Quién le iba a decir tal cosa al gobierno de los Estados Unidos? Sabían —porque así lo dicen los documentos internos— que la gente iba a perder la vida, pero creían confiados que esas historias terribles iban a actuar como factor disuasivo para nuevos migrantes. Esas muertes iban a servir de lección, imaginaron en Washington.


Muro en la frontera México-Estados Unidos de América.

Para atravesar el límite entre los dos países hay que caminar unos 80 kilómetros por el desierto atravesando montañas, valles y quebradas. Un trayecto durísimo, que puede llevar días, pasando por territorios indígenas. Hay mapas que marcan con puntos dónde se produjo cada muerte. Son miles de puntos. A veces se superponen. Es gente que muere junta, exhausta. Madres con sus hijos. Desconocidos. A veces se encuentran rastros y se pueden reconstruir algunas historias, como se reconstruyen los crímenes. A pesar de que quedan pocos elementos, porque en la mayoría de los casos fueron devorados por los animales y el sol destruyó los tejidos. Otras veces, donde hubo un cuerpo sólo queda una mancha aceitosa, como el rastro de una vida que parece haberse esfumado. Los médicos forenses de Tucson reciben restos de huesos, los colocan sobre una mesa, tratan de entender a quiénes pertenecieron.

Víctor Clark Alfaro, director del Centro Binacional de Derechos Humanos de Tijuana, y profesor del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de San Diego, afirma que todos los días se registra al menos una muerte en el desierto. María Ochoa, de Tucson Samaritans, una organización que deja agua para los caminantes, también me cuenta algunas historias. Lo hace de manera sincopada. Es una mujer de rostro serio, nariz prominente, sonrisa hermosa. Sus tíos, que habían emigrado a los Estados Unidos desde México, vivían siempre con miedo a la posibilidad de la deportación. Eso impregnó su memoria. Y la hizo una mujer muy solidaria. Ahora, ella y yo estamos en un Starbucks dentro de un Walmart. Hay que hacer una cola bárbara para obtener un vaso de cartón lleno de café feliz. Me pregunto si toda esta gente de la que María me habla atraviesa el desierto de Sonora para pertenecer a esta clase que consume una bebida hirviente. Llueve a lo loco. Pinche huracán Newton, dirían los mexicanos. Buscamos refugio en el aire acondicionado del supermercado y se nos mete el frío mojado en los huesos. María cuenta la historia de una niña de 15 años que venía con su hermano. Ella se cansó, pero le pidió a él que siguiera. Nunca la volvieron a encontrar.


Muro en la frontera México-Estados Unidos.

También relata la historia de una mujer de 19 años que estaba embarazada. Venía con su esposo y con su tío. El tío murió durante la noche. Ella se cansó, el esposo fue a buscar ayuda. La buscaron durante semanas, pero nunca la hallaron. En los rastreos, en cambio, encontraron los restos de otra mujer. María los vio. Sólo quedaban unos huesos y un poco de ropa. Era una parte del pantalón. “En una época la patrulla los dejaba en el hospital y luego se desentendía. Eso empezó a cambiar con Bush (hijo) y continuó, claro, con Obama”, me dice. La patrulla a veces salva a alguien de morir, pero también ayuda a que se pierdan en el desierto. Si un helicóptero levanta mucho polvo en un sobrevuelo bajo —una táctica usada comúnmente— los grupos se dispersan, y al separarse, se pierden: las personas se esconden, se desorientan, y quedan boyando entre las espinas hasta la muerte. Una vez que el cuerpo dejó de producir sudor, sube su temperatura interna y comienza el implacable proceso de deshidratación, algo perfectamente posible cuando hay 46 grados centígrados. Si no se ataja a tiempo, chau.

* Este fragmento sobre el muro con México pertenece al flamante libro de Marina Aizen, Trumplandia (Ediciones B), donde se explica por qué Donald Trump llegó a la presidencia de Estados Unidos de América.


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