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jueves, 4 de septiembre de 2014

LA OPINION DE A. ALSINA: COMPREMOS LOS UNIFORMES DE LOS FUNCIONARIOS PUBLICOS EN URUGUAY

Un día aprendí la diferencia entre un político y un estadista. Olof Palme iba a dar una conferencia de prensa para los medios extranjeros en Estocolmo, que yo debía cubrir. “¿Cuál es el común denominador aquí?”, dijo al entrar. Sabía cinco idiomas (creo que era capaz de soñar en todos ellos: ruso, francés, inglés, español y sueco; además, se manejaba en alemán como yo con el sueco), y para mi suerte se decidió por el inglés. Allí iban preguntas y respuestas hasta que el corresponsal de Le Monde le hizo una que nada que ver con el tema de la rueda de prensa: sobre un nuevo modelo del avión de combate, insignia de la neutralidad sueca: el ja 37 Viggen, fabricado por la Saab y que entraba al aire ese año.



Ahora no tanto, pero en aquellos tiempos –y era 1978– un corresponsal de Le Monde era, por definición, un periodista superlativo y profundo. El nuevo modelo de avión tenía una configuración muy especial de sus alas para mejor cumplir sus objetivos de poder despegar de una carretera, volar bajo a velocidad supersónica Mach 2, y hacer aterrizajes cortos; era además fácil de reparar y de pilotar aun por quien no tuviera demasiada experiencia. El negro Carlos María Gutiérrez, que estaba allí cubriendo para Prensa Latina y sabría lo mismo que yo sobre el avión aunque lo recordaba mejor, claro, me miraba y sonreía para adentro. El francés hablaba como un ingeniero sobre aquellas alas, y su pregunta fue tan complicada que no la entendí.

Sí la comprendió Palme, que sin contrariedad alguna interrumpió el tema en exposición, y de memoria (¡de memoria!) le corrigió la información, le explicó el asunto y cinco minutos después retomaba su tema, como si nada. Ese tipo tenía al Estado en la cabeza. Y al mismo tiempo Palme era capaz de ser extremadamente generoso conmigo, corresponsal de la inexistente Agencia Nicaragüense de Noticias (ann), y de vez en cuando me tiraba un titular.

La última vez que tuve la oportunidad de hablar con él fue en 1983, o tal vez 1984. Regresaba de Viena de asistir a la ceremonia de retiro de la vida política de Bruno Kreisky, que no había querido formar un gobierno de coalición. Había sido primer ministro austríaco casi ininterrumpidamente desde 1956, y estuvo refugiado en Suecia por una década.

En ese último discurso público, Palme me contó que Kreisky no había hablado de su rico pasado ni había hecho el balance sobre su figura, que podría incidir en su trascendencia, sino del futuro. Más allá de las cifras, las circunstancias y la definición de los problemas, digo yo que ese futuro sigue siendo actual hoy, treinta años después, por su dilema de valores.

Kreisky habló de la desocupación, de los cálculos de la ocde sobre los cambios en la estructura de edad de la población, y de las cifras récord de desocupación que resultaban de ellos en los países miembros, y que seguían en alza. Para contrarrestarlas había que crear al menos entre 18 y 20 millones de puestos de trabajo en cinco años, o sea, 20 mil por día, porque una parte necesitaba ser renovada. El lector insistirá en considerar que esto no tiene hoy la menor actualidad, pero Palme hizo notar que implicaba una divergencia crucial y de fondo en la política hacia el desempleo y hacia el bienestar; o sea, respecto de la ayuda que la sociedad estaba en condiciones de prestar a los más necesitados.

Kreisky –y Palme con su viejo amigo– temían que se llegara a sostener que si el desempleo no desaparecía en un boom económico era porque no era indicador de una crisis sino de una situación perfectamente normal: millones de personas sin trabajo y la economía creciendo, con un efecto menor en el desempleo. La situación de gente sin trabajo durante meses y años era tomada como algo normal. Palme se sonrió, recuerdo, y contó que Kreisky mostraba su proverbial cara de asombro tras esos lentes gruesos al contar que el Banco Mundial, y en particular el director ejecutivo del fmi, Jacques de Larosière, le aconsejaban consolidar el alza económica bajando la inflación, reduciendo el déficit presupuestal, continuando con cambios estructurales en la industria y, por favor, resistiendo el proteccionismo. Pero de la desocupación, ni una palabra.

Y sin embargo –ya no sé si fue Kreisky o Palme quien lo dijo, pero es lo mismo–, el hecho de tener 35 millones de desempleados no había provocado la desintegración de la sociedad, como sí sucedió en los años 1930 en muchos países. Los trabajadores de cuello blanco y los de azul (¿cómo se expresa eso en español, exactamente?) habían estado “protegidos de lo peor”. Y sin embargo, cuando el costo del desempleo crece, la sociedad de bienestar es atacada.

Palme hablaba de valores, y me contó de un diálogo que tuvo con una joven sueca, protegida por el Estado de bienestar en su larga desocupación y que más que nada necesitaba sentirse necesitada, ser útil. Y se refirió en términos propios de una aplanadora a quienes responsabilizaban de la desocupación al poder de los sindicatos y a la ayuda social. “Es fácil olvidar que esa masa de desocupados está formada por individuos, cada uno de los cuales sufre la situación, tenga o no ayuda social. El desempleo es un desperdicio, mientras la humanidad tiene urgentes, imperiosas necesidades insatisfechas”, recordó. Y me dijo –inolvidable– que en vez de hablar de desocupación él prefería hablar de compasión humana. Era para él parte de la política: sobra evidencia de que los países con sindicatos fuertes y coordinados también tienen comparativamente alto empleo y bajo desempleo, solía decir; y el sindicato es solidaridad, que es ser el otro.

“Pregúntale a cualquiera quién es–me recordó–, y te contestará con su nombre y su profesión. Y el desempleo masivo (esto es, el desamparo de la sociedad) es en última instancia una amenaza al tipo de sociedad que queremos.”

No sé exactamente qué tiene que ver todo esto con la situación actual de Uruguay, y tal vez dirán que no son situaciones comparables. Pero yo preferiría que el Estado uruguayo comprara en Uruguay los uniformes de sus empleados aunque con lo que cuestan en China acá no se compra ni la tela. Porque también debería considerarse que no sólo nos beneficiamos con impudicia de la mano de obra esclava y semiesclava de otros países, sino que nuestro tejido social se deteriora por culpa de esas telas, y que lo pagamos también con desocupación y trabajo en negro en el gremio de la aguja, donde en la mitad de los 2.400 talleres que existen se pagan 35 y 40 pesos la hora en vez de 75, y esto por sólo nombrar algo. Me gustaría, no sé, que los que se proclaman socialdemócratas en este país, efectivamente lo fueran.

Fuente:Brecha

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