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viernes, 15 de agosto de 2014

PRIMERA GUERRA MUNDIAL: A 100 AÑOS DE UNA BARBARIE INCREIBLE

En las trincheras era fácil perder el coraje, si alguna vez lo habías tenido. El propio Lord Moran, autoridad de referencia (y de Churchill, del que fue médico personal y amigo) en temas de valor admite en ese libro de cabecera que es The anatomy of courage que en los campos de Flandes y Francia en la I Guerra Mundial resultaba complicado mantener la cabeza fría, sobre todo si eras una persona sensible e imaginativa (que damos los peores soldados) y un obús convertía en un surtidor de sangriento picadillo al camarada a tu lado. Y eso que él, Lord Moran, ganó una medalla (la Military Cross) durante la batalla del Somme.



En aquel enfangado matadero de la guerra, donde no existía ni siquiera la posibilidad de tener una muerte decente (ya que estamos), sino que se moría de manera masiva, anónima, absurda, inútil y gratuita, en aras de los fútiles planes de un puñado de oficiales de alto mando majaderos y sin escrúpulos, proliferaron, como es lógico y humano, los casos de enajenamiento mental (enteras “trincheras de locos”), cobardía, deserción, abandono del puesto, automutilación, desbandada y amotinamiento. Lo realmente raro, piensa uno, es que en esas circunstancias de pesadilla (murió un soldado de infantería francés de cada tres, “días tan tenebrosos y desolados como la noche, todo es sucio, desnudo y frío, hay que sumergirse en las entrañas de la tierra”, describió el gran Frederic Manning) no se fueran todos los combatientes a casa.

La camaradería, el pundonor, la inercia, el adiestramiento, la disciplina, el odio al enemigo y el alcohol (en las trincheras francesas se distribuía medio litro por soldado al día, la absenta estaba considerada lo mejor para el miedo), son todo cosas que ayudaron a mantener las filas prietas entre alambradas, cadáveres podridos, moscas, gusanos y ratas. Y si no ahí estaban los durísimos castigos, especialmente las penas de muerte, los fusilamientos inmediatos, muchas veces arbitrarios y aleatorios, sin juicio, abiertamente criminales. Así fue el fusilamiento del francés François Waterlot, del que nos ocuparemos hoy, uno de los más extraordinarios casos de la Gran Guerra porque el soldado no solo sobrevivió a su ejecución por cobardía , sino que regresó al frente y murió —esta vez sí— bajo el fuego, en primera línea, como un valiente. Da que pensar.

Los italianos fueron los que fusilaron durante la contienda con mayor generosidad: 4.000 soldados fueron llevados al paredón. Solo después del desastre de Caporetto se produjeron 152 ejecuciones. En las fuerzas británicas, acostumbradas desde antiguo a cercenar de raíz cualquier desobediencia (véase el canónico The thin yellow line, de William Moore, 1974), uno de cada tres mil soldados fue condenado a muerte (en total 346, la mayoría en Francia, 263 por deserción, 18 por cobardía; la lista incluye a diez chinos). Alguno tuvo oportunidad de redimirse, como el teniente coronel John Ekington, de los Royal Warwicks: la corte marcial le conmutó la pena de muerte —por retirarse de una población francesa para no causar bajas civiles— por la expulsión del ejército, y en uno de esos episodios tipo Las cuatro plumas que tanto nos gustan, el hombre se alistó en la Legión Extranjera, y luchó toda la guerra, ganando dos medallas al valor y perdiendo una pierna.

Uno de los casos más atroces fue el de la ejecución de 47 miembros —todos musulmanes indios— del 5º regimiento de infantería ligera, amotinado en Singapur. Se los hizo fusilar públicamente, lo que constituyó todo un espectáculo para la gente de la colonia, y se concedió el privilegio de formar parte de los sucesivos pelotones de fusilamiento a oficiales y soldados voluntarios de otras unidades. En total se apuntaron al ejercicio 105 hombres. Los franceses, que tuvieron episodios como los sonados motines de 1917 tras la ofensiva de Chemin des Dames, que afectaron a un centenar y medio de regimientos de infantería de línea y colonial hartos de ser masacrados (algunos generales llegaron a proponer diezmar las unidades como ejemplo), fusilaron a más de 600 combatientes propios.

Curiosamente, los alemanes, que, lo que hay que ver, tenían un código militar más clemente (y una relación más estrecha entre los oficiales y sus hombres), fusilaron menos: la proporción de penas de muerte ejecutadas fue diez veces menor que la de los británicos y franceses. En realidad las justicias militares aliadas fueron más bárbaras que las de Alemania y Austria-Hungría. Con la excepción de los australianos que, en razón de sus propias leyes, no fusilaban (se contentaban con enviar deshonrados a los soldados a casa, para indignación de los británicos, que durante toda la guerra pidieron más mano dura); mientras que los estadounidenses fusilaron muy poco: a 11 soldados.

La Gran Guerra dio razón como nunca al conocido aserto —atribuido a Clemenceau y a Groucho Marx— de que la justicia militar es la justicia lo que la música militar a la música. Abundaron los casos de flagrante injusticia, incluso directamente de asesinato —Victor Marchand, soldado del 3º de zuavos fue muerto de un tiro de revolver en la sien por su comandante sin más explicaciones en medio de una retirada— , bajo la consideración de que lo importante era mantener como fuera la absoluta sujeción de la tropa a las órdenes, por descabelladas que estas fueran. Un coronel inglés llegó a poner como ejemplo a imitar el expeditivo procedimiento disciplinario empleado ¡por los zulúes!: cuando un guerrero había flaqueado era llevado ante su jefe, este preguntaba retóricamente “¿cuál es el castigo?”, se le contestaba “la muerte”, y otro combatiente atravesaba inmediatamente al individuo con su lanza, sin más dilaciones. Cosas de los zulúes. Me siento incapaz de no señalar al respecto que el II Cuerpo de Ejército británico estaba mandado por el general Sir Horace Smith-Dorrien, superviviente de la matanza zulú de Isandhlwana (el mariscal French y Haig por su parte eran veteranos de la guerra contra los Boers).

Hay casos que indignan especialmente como el del pobre chaval irlandés de 19 años (los británicos tenían una fijación por fusilar irlandeses), víctima obvia de shell shock, amarrado a un poste y shot at dawn por cobarde. O el célebre de “los pantalones ensangrentados”: El soldado francés Lucien Bersot se quejó de que le habían suministrado pantalones finos de algodón inadecuados para el invierno de 1915-16 y le dieron entonces los de un muerto manchados aún de sangre y vísceras, que se negó a vestir. Le endosaron ocho días de trabajos extra al pobre poilu por desobediencia, pero luego un coronel revisó el caso y lo condenó… a muerte.

En agosto de 1916 cerca de Saint Mihiel, una compañía francesa rehusó atacar tras cavar trincheras durante 48 horas bajo la lluvia. El comandante ordenó que toda la unidad fuera ametrallada, aunque después se conformó con fusilar a seis soldado escogidos a suertes. El asunto recuerda Senderos de gloria, la película de referencia de Stanley Kubrick, que en realidad se basó en otro episodio lamentable, el ataque al Moulin de Souay, al norte de Reims, cuando una compañía se negó a seguir a su comandante fuera del parapeto de la trinchera tras sufrir otra unidad durísimas pérdidas bajo el fuego de las Maxim alemanas. Treinta y dos soldados fueron llevados ante una corte marcial por cobardía ante el enemigo: se libraron por los pelos pero cuatro de sus sargentos, que se refugiaron con sus hombres en un cráter de obús al enviárselos a la misión suicida de abrir paso en las alambradas a plena luz del día, fueron fusilados. El general Reveilhac, jefe de la división, había ordenado a la artillería disparar contra su propia infantería que se negaba a salir de las trincheras, pero el oficial a cargo de los cañones exigió una orden por escrito.

Nuestro hombre, François-Hilaire Waterlo, era un obrero de Montigny, Pas-de-Calais, de 27 años que trabajaba en las minas, huérfano de minero muerto en los pozos. Fue movilizado en 1914 con otros cinco millones de franceses justo cuando su mujer, Élise, estaba a punto de dar a luz a su primer hijo. Su alucinante odisea la ha contado pormenorizadamente y con extensa documentación la profesora de historia contemporánea Odette Hardy-Hémery en el interesantísimo Fusillé vivant (Gallimard, 2012). Combatió en Bélgica y en el Marne, participó en las grandes batallas de agosto y septiembre del 14, y vivió luego la mala vida de las trincheras para volver a las ofensivas del mediados de 1915, en el curso de las cuales murió el 10 de junio. Durante su servicio escribió 250 cartas a su mujer, otros familiares y amigos, en las que describe, tratando de no asustar mucho, las condiciones habituales del frente, la falta de higiene, la incertidumbre, la desesperanza, la fatiga, el peligro. “On y voit le diable à tout moment”, escribe; “se huele la muerte a quince pasos”. En una carta describe la muerte de un camarada “de una bala en la cabeza que le ha hecho saltar el cerebro”. Waterlot estaba considerado un soldado ejemplar y valiente.

Durante los mortíferos combates de principios de septiembre de 1914 al norte del Marne, en los que un tercio de los efectivos franceses lanzados mueren, la situación es desesperada. El cuartel general francés exige que no se ceda un palmo de terreno y emite una circular autorizando la ejecución sumaria de los que huyan. En la noche del 5 al 6, la irrupción de un autocañón alemán provoca el pánico en las filas de un regimiento francés, que lanza el sauve qui peut; en su huida arrastra a otras unidades, entre ellas a la de Waterlot, la 21ª compañía del 327º de infantería. El soldado, en busca de los suyos en el caos, tiene la mala pata de irse a dar de bruces junto con otros seis compañeros con el general Boutegourd, un militar muy duro embrutecido en las guerras coloniales, de pistola fácil y deseoso de hacer un escarmiento. Los hace prender y manda fusilarlos inmediatamente sin aceptar sus explicaciones.

La pena se cumple al día siguiente, el 7, sin proceso alguno, pese a que los soldados, que niegan ser cobardes, piden que se les deje atacar en primera fila, incluso sin armas. Colocados ante un muro cerca de Les Essarts, se les vendan los ojos y se les enfrenta a un pelotón de 35 hombres. Los siete condenados, entre ellos un padre de tres hijos y un pastelero, todos buenos soldados, gente honesta, se cogen de la mano “para morir juntos”. Waterlot está en el extremo derecho de la hilera (que parece ser la mejor posición en estos casos, si hay alguna). Se da la orden de fuego. La primera descarga no alcanza a todos los reos —nadie tiene ganas de matar a esos hombres— y se ordena una segunda. Waterlot, que ha oído las balas silbar y se ha visto salpicado de la sangre de su vecino, ha quedado indemne pero se ha arrojado al suelo y se finge muerto. Llega el momento del tiro de gracia: el sargento Théras empieza por la izquierda pero cuando lleva dos disparos sobre la cabeza de los caídos le dice al capitán que manda el pelotón que no puede más, que le da mucha pena. El oficial contesta que de acuerdo y hace retirar la escuadra.

Sobre el terreno quedan los fusilados como escarmiento. Durante dos horas. El caso es que no solo Waterlot, sino otros dos siguen vivos (vaya un fusilamiento, se dirán algunos —como el general Boutegourd—). Recogidos por sanitarios militares (en una escena digna, con perdón, de Monty Python), Waterlot se levanta y dice: “No estoy herido, nada, dadme un fusil, me quiero batir porque no soy un cobarde”. Uno de los tres supervivientes morirá de las heridas al poco; otro, alcanzado en una rodilla, literalmente desaparecerá (lo mismo que hubiéramos hecho usted y yo), y Waterlot se reincorporará a su unidad, con, desde luego, un par y mucho que contar. Sus jefes le conseguirán un perdón visto lo excepcional de la experiencia: un fusilado que vuelve a las filas (los fusilados serán rehabilitados oficialmente en 1926, pero no se conseguirá encontrar al desaparecido, ni condenar al general Boutegourd).

Sorprendentemente, el salvado soldado Waterlot se seguirá batiendo como si nada hubiera pasado, ¡qué tío! Así hasta el fatídico 10 de junio de 1915 en el que la muerte, a la que esquivó milagrosamente frente a aquel paredón un año antes le encuentra durante los combates de Hébuterne, ataque de diversión (¡) en el contexto de la ofensiva de Joffre en el Somme. La parca tiene trabajo ese día: el 327 º pierde cuatro oficiales y doscientos soldados muertos y muchos más heridos y mutilados. Caído en el campo de batalla, durante el asalto de posiciones enemigas, alcanzado por un obús, Waterlot es enterrado, esta vez sí, en una fosa común. Más tarde su viuda lo volverá a sepultar en su pueblo. En la hoja de servicios de François Waterlot figura la mención incontestable: “Excelente soldado, de una conducta bajo el fuego remarcable”.

Jacionto Antón
Fuente: El País de M.

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