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miércoles, 18 de enero de 2017

J. ASSANGE: EL PROFETA DE LA POLITICA YANQUI

A primera vista, hay algo desconcertante sobre la manera en la que Julian Assange se ha vuelto un protagonista en la caótica historia nacional de Estados Unidos de América. Destacados integrantes de la ultra derecha que antes lo acusaban de ser un traidor ahora dicen que es alguien que relata hechos verdaderos. 

Sean Hannity, el conductor conservador de Fox News, alguna vez dijo que Assange debía ir a la cárcel por “declararle la guerra” a Estados Unidos tras exponer sus secretos. Sarah Palin, la ex candidata a la vicepresidencia, una vez dijo que era un agente “antiestadounidense con sangre en las manos”.

Sin embargo, a principios de este año, Hannity habló con Assange en muy buenos términos acerca de “aquello que lo impulsa a exponer la corrupción del gobierno y los medios” mediante hackeos a la campaña de Hillary Clinton que las agencias de inteligencia estadounidenses han atribuido a Rusia. Palin lo elogió como alguien que dice la verdad e incluso se disculpó por los comentarios negativos que había hecho sobre él.

El hecho de que el escándalo de WikiLeaks durante la elección haya sido malo para los demócratas y bueno para el presidente electo Donald Trump puede tener algo que ver con su cambio de parecer.

Pero ¿qué pasa con Assange, quien parece igualmente cómodo siendo el héroe de la izquierda o de la derecha estadounidense, o incluso de los putinistas rusos? ¿Qué es lo que quiere?

La respuesta ha estado frente a nosotros todo este tiempo. El actual embrollo en torno a Rusia, WikiLeaks y su papel en la victoria de Trump —o, aun más relevante, la derrota de Hillary Clinton— podrían verse como la materialización de la visión que tuvo Assange cuando comenzó WikiLeaks hace más de una década.

Assange lo explicó en detalle en términos proféticos mediante un ensayo que publicó en línea en noviembre de 2006, el año de la fundación de WikiLeaks.

Lo escribió mucho antes de que se convirtiera en el personaje polarizador que es hoy, un héroe folclórico que se hace llamar “Cypherpunk” con una impresionante reputación de ser mesiánico, temerario y demasiado desdeñoso con la información personal que llega a sus manos. Actualmente, vive en la Embajada de Ecuador en Londres, donde le otorgaron asilo para protegerlo de las autoridades suecas que están investigando una acusación de violación en su contra que, según él, es falsa y tiene motivaciones políticas.

Sin embargo, incluso los críticos más acérrimos de Assange reconocen la claridad con la que vio el potencial políticamente desestabilizador de la tecnología, durante la época en que algunos de nosotros comprábamos nuestros primeros teléfonos Blackberry.

Eso lo impulsó a comenzar WikiLeaks, que “abrió camino con algo muy importante y peligroso para las grandes organizaciones que guardan muchos secretos digitalmente”, como me lo dijo el periodista Glenn Greenwald en una entrevista la semana pasada. Desde el inicio, Assange dijo que la directriz principal de WikiLeaks era exponer conjuntos de información oculta “reveladora del comportamiento ilegal o inmoral” del gobierno y las grandes empresas.

Sin embargo, en el ensayo también escribió en términos más ambiguos acerca de imponer cambios de régimen mediante la información y la tecnología en vez de hacerlo a través del asesinato, una solución bárbara y vieja.

Según la visión de Assange, vastas redes de conspiradores controlaban el poder y compartían información vital en secreto, lo cual les daba un entendimiento superior de la realidad y les permitía conservar el poder. La revolución de la tecnología, escribió, les estaba dando a los conspiradores los medios para lograr lo que él llamó un “poder conspirativo aún más grande y total”.

Pero también los volvía más vulnerables al sabotaje, así que aquella presunta conspiración dentro de los gobiernos podía “lentificarse hasta que cayera, estupefacta; incapaz de comprender ni controlar las fuerzas a su alrededor”.

Como ejemplo, señaló a “dos agrupaciones de poder equilibradas de manera cercana que son ampliamente conspirativas”: los partidos Republicano y Demócrata en Estados Unidos. “Consideremos qué pasaría si uno de estos partidos cediera su correspondencia telefónica, electrónica y de fax… sin mencionar sus computadoras”, escribió. “De inmediato caerían en un estupor organizacional y serían derrotados por sus contrincantes”.

De nuevo se puso atención al ensayo cuando WikiLeaks, trabajando en colaboración con The Guardian, The New York Times y otros medios de comunicación, publicó en 2010 cables diplomáticos, lo cual hizo que fuera una organización más establecida.

Nadie parecía entender lo que Assange insinuaba más claramente que el escritor conservador John Sexton, quien anticipó los sucesos de 2016 en una publicación en el sitio Breitbart News y en su propio blog en 2010.

“Podríamos llevar más allá su ejemplo si imaginamos qué le pasaría al Comité Nacional Demócrata (DNC, por su sigla en inglés), si sufriera una filtración masiva de información secreta en WikiLeaks”, escribió Sexton, refiriéndose al ensayo de Assange. “Parece completamente posible que una filtración de contenidos de su correo electrónico durante un mes fuera extremadamente dañina para ellos”.


Y aquí estamos, más de seis años después. El ensayo de Assange ha surgido de nuevo, después de grandes filtraciones de información de las cuentas de correo del Comité Nacional Demócrata y John Podesta, el asesor de Clinton, que supuestamente cometieron hackers pagados por Rusia y publicadas en todo el mundo a través de WikiLeaks.Continue reading the main storyFoto

Assange da un discurso desde el balcón de la Embajada ecuatoriana en LondresCreditPeter Nicholls/Reuters

Los asistentes de Clinton han dicho que la filtración obstaculizó su capacidad de comunicarse electrónicamente después, lo cual provocó que recurrieran a sostener más reuniones en persona.

Pero los secretos revelados fueron mucho más perjudiciales. Le brindaron a Trump una fuente constante de información fresca contra Clinton que WikiLeaks alimentó de manera progresiva para crear una historia continua que los medios estadounidenses aprovecharon vorazmente.

Los politólogos debatirán durante años qué tan decisivas fueron las filtraciones en el resultado de la elección. Sin embargo, los correos electrónicos sin duda fueron parte de la receta en una elección decidida por menos de 100.000 votos en tres estados clave.

Así que, al final, fue un partido político el que se vio afectado tecnológicamente de una manera en que el otro no lo estuvo, y ese partido en efecto “fue derrotado por el otro”. Es un punto que se conecta directamente con el primer ensayo de Assange.

No obstante, si las revelaciones de WikiLeaks incitaron a Trump, ¿cómo encaja eso con los objetivos de Assange de socavar a los “conspiradores autoritarios” y crear incentivos para tener “formas de gobierno más humanas”?

Trump fue menos transparente que Clinton durante la campaña (aún estamos esperando sus declaraciones de impuestos) y pronunció varias afirmaciones afines al autoritarismo (“¡Enciérrenla!”, gritaba sobre Clinton), inéditas en la política estadounidense moderna.

Sarah Harrison, una periodista de WikiLeaks, escribió hace poco en The New York Times que WikiLeaks era una organización noticiosa comprometida con revelar información vital y no con estar del lado de un bando político u otro.

Assange abordó este asunto de manera distinta en una entrevista el mes pasado con la periodista italiana Stefania Maurizi de La Reppublica.

“La elección de Hillary Clinton habría sido una consolidación del poder de la actual clase gobernante de Estados Unidos”, dijo.

Trump y sus aliados, señaló, “no forman por sí mismos una estructura existente, así que es una estructura débil que está desplazando y desestabilizando la red central del poder preexistente dentro de Washington”. Eso, dijo, podría anunciar un cambio, ya sea bueno o malo.

Desde luego, eso también es justo lo que quería ver Vladimir Putin, presidente de Rusia: una red débil de poder en Washington. Dados el autoritarismo y la opacidad de Rusia —intenten ejercer periodismo independiente ahí, si se atreven—, es sorprendente y, para algunos, causa de sospechas, que no sea un blanco más grande para WikiLeaks.

Assange le dijo al diario italiano La Reppublica que, aunque él había publicado muchos documentos relacionados con Rusia, WikiLeaks no tiene personal que hable ruso. Además, el verano pasado les dijo a Jo Becker, Steven Erlanger y Eric Schmitt, mis colegas de The New York Times, que Rusia era “un actor secundario” en el escenario mundial comparado con Estados Unidos y China.

El reportaje de Becker, Erlanger y Schmitt mostraba cómo las publicaciones de WikiLeaks a menudo beneficiaban a Rusia a costa de Occidente a pesar de los análisis estadounidenses que han determinado que quizá no está asociado directamente con servicios de inteligencia rusos.

Aunque como regla Assange no revela fuentes, en repetidas ocasiones ha dicho que está seguro de que los repositorios de correo electrónico de la campaña de Clinton y el DNC que recibió WikiLeaks no provienen de un “gobierno”. Sostiene que Estados Unidos no ha podido ofrecer pruebas concluyentes del papel directo del gobierno ruso, y él no es el único que lo ha dicho.

El viernes, The Intercept, un medio de noticias cofundado por Greenwald —quien dirigió el equipo de The Guardian que compartió el premio Pulitzer en 2014 con The Washington Post por cubrir las revelaciones de Edward Snowden acerca de la vigilancia masiva— declaró que el informe de inteligencia era “decepcionante”. Greenwald ha criticado mucho a los medios masivos que, según él, han aceptado sin mayor problema los informes de inteligencia que señalan a Rusia como responsable.

Eso ha contribuido al extraño y curioso aspecto del último giro de Assange, dado que el trabajo previo de Greenwald fue celebrado por personas que ahora se oponen tan firmemente a Trump.

Sin embargo, Greenwald ha criticado durante mucho tiempo a los periodistas estadounidenses de medios masivos por ser demasiado crédulos con las afirmaciones de inteligencia del gobierno (como las “armas de destrucción masiva” y la guerra de Irak).

“Lo que ha cambiado es el terreno político a mi alrededor”, dijo. “Lo mismo le ha pasado a Julian”.

Ese terreno aún se está transformando y nadie sabe de qué lado estará Assange la próxima vez.





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