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martes, 3 de mayo de 2016

LA OPINION DE L. GRILLE: ESCUCHEN BIEN LAS PALABRAS DEL GRAL. MANINI RIOS

Esta semana (pasada) el comandante en jefe del Ejército General Guido Manini Ríos  (Montevideo, 20-08-1958)  sorprendió con un plan para los jóvenes que no estudian ni trabajan que propondría la institución castrense en la mesa de diálogo social convocada por el presidente de la República. El conato de plan que esbozara durante un extenso reportaje de Daniel Castro en El Espectador suscitó rápidamente más críticas que elogios, especialmente desde la izquierda donde se mira con inocultable recelo prácticamente cualquier iniciativa que surja desde las Fuerzas Armadas. Sin embargo, y a cuenta de una información más detallada y precisa sobre la propuesta concreta, cabe una reflexión provisoria sobre la idea en sí y sobre algunos conceptos que le subyacen con predisposición algo más generosa.

Ya habrá tiempo para decir que no, puesto que el “no” siempre es más fácil que el “sí”, en tanto este último es unívoco en su sentido y en sus consecuencias, mientras el “no” es absoluto sólo en lo que impide, porque más allá es dúctil, multifacético y de interpretación libre y ajustable según la necesidad.

Llevo tiempo escribiendo que el general del Ejército Guido Manini Ríos refleja en sus intervenciones una singular inflexión doctrinaria del Ejército Nacional, a la vez impresionante, subestimada e incomprendida. Si fuera sólo discurso, ya sería digno de atención, porque los discursos sostenidos de la voz principal de la estructura armada del Estado van construyendo sentido dentro del cuerpo, una especie de ideología oficial de las armas. Pero a sus expresiones se han sumado acciones que sólo pueden ser negadas desde la mezquindad.

A mí me sorprendió particularmente en mayo del año pasado, en su discurso del Día del Ejército, cuando buena parte de la izquierda puso el grito en el cielo porque Manini había pedido que no se denueste a los soldados por “prejuicios del pasado”. Me sorprendió, pero no por esa frase infeliz –si sobre el pasado de las Fuerzas Armadas pesan prejuicios, es porque no ha habido juicios y mucho menos castigo–, sino por la miopía de muchos compañeros que soslayaban el resto del discurso. Un discurso en el que el actual jefe del Ejército Nacional lo definía como el “Ejército de todos” y afirmaba que su objetivo era la defensa de la soberanía nacional, la protección de sus recursos y la custodia de sus fronteras en un “mundo convulsionado […] y en un país que tiene recursos que cada vez son más escasos en el planeta”. Pero vertía otros conceptos inesperados: que el Ejército es artiguista, que promueve la integración y suscribe el sueño de Patria Grande, que es popular como el ejército de gauchos, pobres, ricos, negros, blancos e indios que acompañaron al prócer, que es un ejército comprometido con la inclusión social, que se involucra en tareas como el Plan Juntos o asistiendo personas sin hogar, “cocinando y repartiendo la comida en los refugios invernales, y hasta apoyando a más de mil personas con capacidades diferentes [así los llamó Manini] en los centros de equinoterapia”. 

Hay que comparar este discurso con los discursos que daba, por ejemplo, el general Carlos Daners antes que asumiera Tabaré Vázquez su primera presidencia. Por caso, en el Día del Ejército de 2003, en primera fila, junto a las autoridades políticas del gobierno de Jorge Batlle, estaba el Goyo Álvarez. Daners, antes de tomar la palabra para hacer su intervención oficial, caminó hacia donde estaba el Goyo a saludarlo expresamente y le dedicó su discurso, en el que habló amenazante, exigió terminar con el “revisionismo histórico” y además se dedicó a homenajear “a todos los caídos, en todas las épocas y en cualquier lugar y circunstancia”. 

De hecho, elogió lo hecho por el Ejército en la dictadura y además dijo que la función de esa fuerza era salvaguardar los “valores” (¡!). Daners, ante la mirada satisfecha del Goyo, dijo en ese acto que el Ejército “cumplió, cumple y sin dudas cumplirá siempre, sin claudicaciones ni renunciamientos, con el mandato histórico y legal de custodiar y mantener los valores que forjaron esta nación”. ¿Es que no vemos la diferencia entre Manini, explicando que la función del Ejército es defender la soberanía nacional de los ataques externos en un país que tiene recursos naturales codiciados en un mundo complejo, y otros jefes anteriores, que sostenían que la función del ejército era defendernos del enemigo interno de nuestros preceptos morales y nuestras tradiciones? 

Acaso necesitamos un traductor especialista en doctrina castrense? Manini habla de los negros, de los pobres, de los gauchos, de los indios, de un ejército popular, en una institución mucho tiempo copada por los sectores dominantes, blancos y aristócratas, y con una ideología fascista, y mucha gente en la izquierda se resiste a verlo.

Pero vayamos a la entrevista de Daniel Castro porque es interesante por donde se la mire. ¿En qué contexto habla Manini de un plan para los “ni ni”, aunque él nunca usa esa expresión? Lo hace ante las insistentes preguntas del entrevistador sobre si el ejército está dispuesto a participar de la seguridad interna, con funciones policiales, como plantea una parte de la derecha desde hace años. Manini rechaza esa posibilidad, más allá de las objeciones legales, por consideraciones de fondo: dice que la formación y el armamento del Ejército no está prevista para esa función que conduciría a una “militarización” del país y de la sociedad “que nadie quiere”. 

Pero entonces aclara que el Ejército sí puede hacer otras cosas para mejorar la convivencia y la seguridad y es ahí que habla de un plan a proponer en la mesa de diálogo social convocada por Tabaré para que la institución militar asuma la formación en oficios, valores, y hábitos de personas humildes o marginadas que no tienen trabajo y que tampoco estudian, en el marco de un programa de becas y voluntariado. 

¿Cómo puede ser que le saltemos al cuello por el detalle del árbol sin ver el bosque? ¿Porque se pasó de rosca y habló de hábitos higiénicos? Es un disparate menor en relación con la nobleza de lo que está diciendo y es increíble que no podamos verlo. Un jefe del Ejército Nacional plantea que lo mejor que puede hacer su institución para mejorar la calidad de vida y la seguridad de la gente no es reprimir ni salir con los tanques a la calle, sino abrir la institución para políticas sociales, educativas y de inclusión de los más humildes y desamparados. Y en lugar de aplaudir hasta con las orejas por la intención humana de lo que está diciendo, una parte de la izquierda sale a pegarle como si Manini estuviera intentando implantar un servicio militar de contrabando. No es eso lo que está diciendo.

Creo que no son tantos los que en Uruguay proponen programas con un plan de becas, de un monto relativamente alto en relación con el valor de las transferencias monetarias, destinado a los que se ha definido como “ni ni” para incorporarlos masivamente a propuestas educativas. Aunque también existe en el ámbito del Ministerio de Educación y Cultura (MEC) el compromiso educativo, presente en 80 centros de enseñanza de 15 departamentos del país, que se orienta a apoyar a los jóvenes con mayores dificultades socioeconómicas para que puedan estudiar, este plan esbozado por Manini no resta, suma. Y es más, él mismo dice que debería hacerse en coordinación con otras dependencias públicas como el Mides o la ANEP. 

No sé si la propuesta es aplicable, si habrá que tocar leyes e incluso dudo que sea lo mejor. Pero cabe reconocer que el jefe del Ejército, cuando le hablaron de seguridad, en lugar de armas y represión se puso a pensar en políticas educativas e inclusión social, con transferencia monetaria incluida. Ojalá el resto del Estado tome nota también porque le haría muy bien a Uruguay y a nuestra izquierda que todas las dependencias públicas acercaran propuestas para terminar con la pobreza, la exclusión y la desigualdad. Es por ahí. Está bien orientado Manini. Y lo puedo decir sin que se me caiga ni una sola bandera, sin dejar de exigir la aparición de nuestros desaparecidos y el juicio y castigo de todos los responsables militares y civiles del terrorismo de Estado.

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