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lunes, 25 de enero de 2016

BARRIOS MARGINALES: DEJALOS EN LA BASURA QUE ESTAN ACOSTUMBRADOS

Un niño de unos 5 años se pasea por el camino de tierra que separa al complejo Euskalerría 70 del asentamiento Aquiles Lanza –en Malvín Norte–, en el departamento de Montevideo, cargando una bolsa de pan. La basura se amontona a su lado y ya comienza a cubrir parte de la calle. Mientras tanto, un par de perros de aspecto descuidado revuelven los residuos en busca de algo que comer. El calor no deja pasar desapercibida a la basura de varios días, acumulada también en la cuneta, y que ahora el niño mira desde su casa, ubicado detrás de la chapa que hace las veces de portón. Nelly Blanco (48 años) mira la escena con decepción. "Antes esto estaba limpio. Esto trae ratas en cantidad", afirmó la vecina. Según contó a El Observador, hasta hace un mes, cuando el Centro de Participación Popular Entre Todos todavía trabajaba en ese y otros tres asentamientos, esa esquina estaba limpia y los "chiquilines" no tenían necesidad de jugar entre la mugre. La ONG trabajaba en las tareas de limpieza de los asentamientos Aquiles Lanza, Boix y Merino, Isla de Gaspar y Campo Galurzzo desde hacía 15 años. Empleaba a unas 50 personas, clasificadores que viven en situación de pobreza extrema de los cuatro asentamientos, que con un camión recorrían los barrios entre dos o tres veces por semana levantando la basura. Y tenían así una primera experiencia laboral formal. Sin embargo, el 31 de diciembre de 2015 venció el contrato, y la intendencia, en medio de recortes presupuestales, decidió no renovar. Una política de revisión que el intendente Daniel Martínez había anunciado en agosto. La ONG recibía anualmente por ese trabajo unos $ 8 millones. "Son 50 familias que quedaron sin trabajo", contó Blanco, que trabajó en dos oportunidades en la ONG y pensaba anotarse otra vez este año. "Es una buena experiencia, es por un año pero te ayuda montón porque mantenés el barrio limpio", aseguró. Carmen Llanes, quien coordinaba la ONG, explicó al diario El Observador que a fines de noviembre la intendencia les comunicó la finalización del contrato, y que se estaban buscando alternativas para continuar con el trabajo, aunque implicaban una reducción con respecto a lo que se venía haciendo. Pero esas alternativas no llegaron, y la basura comenzó a amontonarse nuevamente. Allí no hay contenedores, y el único servicio de limpieza lo daba la ONG. Para Sandra Lozano, que también trabajaba para Entre Todos, la decisión de la intendencia implica "un retroceso", no solo por la limpieza sino también por el trabajo social. Esa es una de las cosas que más reclaman los vecinos, el tener una fuente laboral que iba pasando por las diferentes familias y servía para complementar otros ingresos, o para tener luego una referencia a la hora de buscar trabajo. "Los que trabajábamos perdimos el trabajo de un día para el otro", se quejó Mirta Rodríguez (30), que debido al cierre de la ONG trabajó 10 de los 12 meses estipulados en el contrato y pelea ahora para poder cobrar. En pocas cuadras hay dos basurales, y las bolsas, papeles, plásticos y residuos corren también por los desagües. El olor a plástico quemado sale de una pila todavía humente. El hijo menor de Cristina Rodríguez (38), de unos dos años, chupa una bolsa de plástico mientras camina descalzo vestido con calzoncillos a su lado. Ante el menor descuido de su madre, el niño corre en dirección a la basura, pisa algunas bolsas y logra agarrar uno de los plásticos. "Los gurises juegan en la mugre, por más que vos no quieras", comentó Rodríguez. Lo mismo dice su hermana, Mirta, pensando en sus siete hijos: la más grande tiene 13, el más chico tres. "Ellos están todo el día saltando en la zanja", dijo mientras señalaba el agua verdosa casi negra que despedía un olor hediondo y corría por la cuneta frente a su vivienda. "El basurero si no se quema es otra vez un cante. Todo esto es infecciones, y acá hay 400 perros que son una mugre", agregó recordando la leishmaniasis que afecta al departamento de Salto. Por su parte, el alcalde del municipio E, Francisco Platero, donde se encuentran los asentamientos, aseguró que es una decisión "muy negativa". "Con ese contrato lográbamos mantener la limpieza con la misma gente de los asentamientos, porque no cualquiera se anima a entrar", dijo a El Observador. Si su perro no es caricatura recoja su basura", decía, casi irónico, un cartel colgado en una de las precarias viviendas. Si bien reconocen que cuando estaba la ONG el asentamiento no estaba 100% limpio, los vecinos observan el recorte como una vuelta a cero. "Se vuelve a tapar todo, se inunda todo y volvemos otra vez a la misma", se quejó Blanco. La basura también comenzó a ganar algunas zonas de otro de los cantegriles, y el problema se hace sentir también en Isla de Gaspar, el asentamiento más antiguo de la capital. Shirley Medina, a quien todos en el barrio conocen como Pelusa, contó que hasta hace dos semanas "tenían basura por todos lados" y si bien ahora en ese barrio está trabajando una cooperativa, el convenio es por tres meses, el plan social original quedó truncado, y entre los vecinos reina la incertidumbre. Todos quieren una solución. "Si no puede esa ONG que venga otra. pero hay que seguir manteniendo el barrio, que está lleno de basura y ya no sabemos donde meterla", señaló Blanco. Ahora las bolsas "quedan ahí días y días", dijo señalando una montaña de un baldío. La cuneta de enfrente da cuenta que el problema no es de un día y la escena se completa con una adolescente que pasa y tira allí un viejo colchón. "Esto es un barrio que está olvidado. Es una muerte", se lamentó Andrés, otro vecino de Aquiles Lanza. Fuente: El Observador

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