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viernes, 11 de septiembre de 2015

URUGUAY EN LOS AÑOS 70: EL APARATO ARMADO DEL PARTIDO COMUNISTA

Uno de los temas más fumosos del llamado pasado reciente es la existencia, el papel y las peripecias del aparato militar del Partido Comunista (PCU). Se habla poco, se conoce poco y sobre todo se difumina todo. Los uruguayos merecemos saber, no solo porque hay una sobredosis de ciertas peripecias, que por su propia abundancia son una absoluta deformación de la realidad, sino por razones básicas: la luz de la información y la opinión son una obligación para conocer la realidad. Entrevistamos a José Luis Piccardo, militante del Frente Amplio desde su creación, integrante de Asamblea Uruguay. Estuvo más de nueve años preso. Ocupó cargos importantes en el aparato militar del PCU. Piccardo nos ofrece un cuadro que va mucho más allá de la anécdota y confirma algo que muchos de los protagonistas de aquel aparato nos han repetido: no tuvieron oportunidad de hacer un balance, de discutir el tema. A la salida de la dictadura el partido dobló esa página y la enterró. He aquí algunos capítulos de esa historia con infiltrado incluido: -¿Cuándo comenzó su militancia política y dónde? -En el Comité Universitario (CU), sector integrante del Frente Izquierda de Liberación (FIdeL), a mediados de los sesenta. -¿Siempre militó a nivel de la FEUU y de la UJC? -Después de votar la 15 en el 58, con mi padre, batllista, nos volcamos al FIdeL en el 62. Siendo estudiante de arquitectura, por el 64 empecé a militar en el CEDA (Centro de Estudiantes de Arquitectura) y en el CU. Después me afilié (me afiliaron) a la UJC (Unión de la Juventud Comunista), creo que en el 65. -¿Cuál fue el motivo por el que dejó de militar públicamente y cuándo? -En la UJC fui haciendo mi proceso de politización. En determinado momento integré el comité ejecutivo. Y en ese período me incorporaron al aparato militar, haciendo algunas tareítas mientras proseguía con la actividad pública en la UJC. Lo primero que hice por el aparato fue, en la etapa en la facultad, integrar un grupo de estudiantes de arquitectura que recibíamos una ínfima instrucción militar, con alguna práctica de tiro que era más bien para saber el ruido que hacía la pólvora. Mi última actividad pública antes de "desaparecer" no fue en la UJC sino en el partido, al cual había sido promovido por el 67. En la campaña electoral del 71, que daría para hablar un rato, fuimos, junto a un compañero de los GAU, secretarios-custodias del doctor (Juan José) Crottogini, destacado médico que integró como candidato a la vicepresidencia de la República la fórmula presidencial del Frente Amplio (FA), encabezada por el general (Liber) Seregni. Y después fui secretario del Seccional Paso Carrasco del PCU. Fue en el período anterior al golpe, años 72 y comienzos del 73. En los días del golpe y de la huelga general no participé en nada. Por indicación del partido me "enterré" un tiempito. Estaba en un apartamento de Rivera y Pereira, y veía pasar las manifestaciones. Fui muy disciplinado: nunca salí ni a la vereda. Un poco antes ya me había hecho invisible, inofensivo, insignificante, dibujante en un estudio de arquitectos, y terminé reuniendo las condiciones de seguridad (al menos eso creía yo) como para asumir responsabilidades importantes en el aparato. Después del golpe, por julio o agosto del 73, empecé a militar exclusivamente en el aparato. -¿Qué cargos ocupó en el aparato militar del Partido Comunista (PCU)? -La primera responsabilidad importante fue la atención política de las personas que tenían armas en sus casas. En realidad la atención era política en cuanto a mantenerlos informados y "darles línea", pero incluía aspectos humanos, de preocupación por su situación familiar, la salud, llevarles dinero. Eran en su mayoría gente humilde, obreros, muchos de ellos bastante veteranos, que por el "fardo" que tenían bajo custodia no hacían ninguna actividad política pública ya desde antes del golpe, desde antes que yo asumiera esa tarea en el aparato. Ellos no iban a actos, ni a locales partidarios ni realizaban tareas militantes ni participaban en asambleas sindicales, excepto cuando no ir era más sospechoso que formar el quorum. Alguno no podía con la tentación y se mezclaba entre la gente en aquellos grandes actos del Frente previos al golpe. Tenían que ser apacibles vecinos, alejados de toda sospecha. Todos eran hombres, aunque en algunos casos las esposas o compañeras estaban al tanto de lo que había debajo del piso de la casa. O en el fondo, o entre el techo y el cielorraso. -¿Eran todos los que tenían armas en sus casas, eran muchos? -Sí. No recuerdo la cantidad, decenas, pero no trataba directamente a la mayoría. En el libro que sacaron las Fuerzas Armadas en su momento está la nómina, aunque nunca me puse a confirmarla. -¿Cómo era su relación previa con estas personas? -Como dije, yo no conocía personalmente a la mayoría. En realidad en casi todos los casos mi trabajo consistía en "atender" a los compañeros que sí visitaban a quienes tenían depósitos. Era una red, muy compartimentada. Los compañeros que iban a las casas (aunque a veces el contacto podía hacerse en un boliche o en un club de barrio), solo eran conocidos por el alias, no por el nombre y el apellido verdaderos. O sea, cuanto menos se supiera, mejor. Yo incluso, que era el responsable político de todos, en muchos casos no sabía sus nombres. Y la mayoría de los que tenían depósitos de armas no sabían de mi existencia, excepto algún caso en el que me contactaba directamente por un motivo especial. Eso era parte de la tarea. La logística incluía todo el proceso, desde que las armas entraban al país, hasta que se las guardaba. -¿De dónde venían las armas y cómo las guardaban? -Nunca me dijeron de dónde venían ni yo pregunté. Pero no había que ser un lince. Existía el campo socialista, ¿no? Y existían embajadas... Pero no solo eran armas de esa procedencia. Había muchas que podían ser "made in USA", de soldados capturados o muertos en la guerra de Vietnam. Estábamos en la década del '70. Pero esto son conjeturas. O no tanto... Estoy casi seguro que no hubo contactos con traficantes y contrabandistas; no me consta, no tuve el más mínimo indicio, y en el lugar en que estaba era relativamente fácil enterarse de esas cosas. -¿Y las embajadas? - Bueno, Cuba no tenía. Había una grande. Una noche, en un trasbordo, en el que mi función fue seguir en un auto a otro vehículo donde supongo iba un cargamento de "fierros", reconocí en el acto de entrega -en un parquecito en Punta Gorda- a un funcionario diplomático al que no conocía personalmente pero sí de verlo en alguna recepción, en algún acto protocolar. Era sin duda un funcionario importante de la embajada soviética. También conocía a quien recibió el cargamento, un alto dirigente del partido cuyo nombre mantendré en reserva. Éste y el "fardo" debían llegar sanos y salvos a un destino seguro. Y mi misión era embestir o impedir de cualquier manera que el coche donde iba el dirigente con el cargamento fuera interceptado. Podría contar varios episodios de estas características. Y también algunos bastante jocosos. Porque en medio de las responsabilidades y las tensiones, también ocurrían cosas cómicas que, en el momento, no nos producían la menor gracia. Por ejemplo, confundir una contraseña o un alias: un compañero le preguntó a una persona si él era "Morfe", cuando tendría que haber dicho "Lastra". Casi se frustra un encuentro importante. -¿Dónde se ocultaban esas armas? ¿Cómo se escondían las armas y las municiones? - En general la estrategia del PCU era tener la logística del aparato donde hubiese más posibilidades. O sea, las zonas más "rojas" (en sentido político y no policial), donde el partido era más fuerte y donde se suponía habría más gente dispuesta a tomar los mayores riesgos en un eventual enfrentamiento. Zonas obreras fundamentalmente. Y en Montevideo. Casi nada en el interior, aunque sí había integrantes del aparato en algunos departamentos. Pero armas y municiones guardadas, que yo sepa, no. Las armas se engrasaban o envaselinaban y se metían en unos tubos anchos de plomo, que se cerraban con tapas también de plomo mediante soldadura. Se enterraban y el contenido permanecería en buenas condiciones bajo tierra. En algunos casos el acceso era más directo, por ejemplo se colocaban sobre algún cielorraso, pero siempre cuidando la protección de la humedad con mucho nailon y otros envoltorios. Como se verá, el aparato no era para una respuesta inmediata; tampoco era un aparato de autodefensa como de manera ingenua algunos militantes del partido creyeron. Y la logística incluía otras cosas, como vehículos, por lo menos una embarcación, un pequeño hospital y servicios de atención a posibles heridos. Y etcétera. -¿El aparato militar solo traía armas del exterior? - Llegamos a fabricar granadas, morteros y armas antitanques. Esta artesanal industria bélica estaba camuflada en talleres mecánicos, y a la atención política de esos "industriales" me destinaron después. Ahí hubo un enroque raro, ya que quien estaba a cargo de la fabricación pasó a atender los depósitos, y yo, que había estado con los depósitos, pasé a atender a los muchachos de los morteros y las granadas. Por consiguiente el criterio de compartimentación fue expuesto a un grave error, que, como después supimos, fue "idea" de un alto mando del aparato que las Fuerzas Armadas (FF.AA.) habían infiltrado en el partido. El sujeto hizo estragos a la hora del gran golpe contra el PCU y el aparato, que fue desde octubre y noviembre de 1975 hasta fines del verano del 76. Por ese sujeto muchos fuimos presos, torturados. Algunos desaparecieron y otros murieron en la tortura. Voy a hablar de uno solo, porque lo traté personalmente y porque no puedo hablar de todos. En él los evoco a todos. Julio Correa, un portuario, un obrero culto con el que hablábamos de literatura, con una sólida formación política, que me hablaba con cariño de su hija, de sus afectos; un gran tipo. Se le podía identificar con aquella frase de Terencio: "Nada de lo humano me es ajeno". Julio tenía una seria enfermedad cardíaca. El que lo entregó, el infiltrado en la cúspide del aparato, lo sabía. Los torturadores, por consiguiente, también lo sabían. Está desparecido. En el Infierno (300 Carlos, el principal centro de torturas de la OCOA[i]), un compañero lo oyó decir su nombre, avisar que era cardíaco y reclamar su medicación. ¿Cuántos se habrán ido de manera similar? O de cualquiera de las maneras en que murieron y desaparecieron tantos uruguayos torturados. - Según su opinión, ¿cuál era el objetivo de ese aparato en la estrategia del PCU? - En mi opinión no; está escrito en libros que se vendían por aquellos tiempos en las librerías. Por ejemplo en el libro, editado en 1969, "Lenin, la revolución y América Latina", de Rodney Arismendi, el primer secretario del PCU. Usé esta cita en un artículo para vadenuevo.com.uy, y leerla ahora nos ahorra tiempo. Luego de decir que el PCU deseaba un tránsito pacífico, con el menor costo humano posible, Arismendi reconocía que en América Latina, en las condiciones de aquella época, eso era muy difícil "por la presencia del imperialismo yanqui" y de sectores dispuestos a emplear los métodos más violentos contra los pueblos. Y remataba con una frase que es en mi opinión la más clara justificación y explicitación del aparato armado: "Aun en el caso de la vía pacífica más clásicamente definida y que transite por rutas de aproximación admisibles en las formas institucionales de la democracia burguesa -con elecciones triunfantes y todo- la preparación para las formas de la lucha armada y la descomposición del aparato propiamente dicho del estado burgués, dirán la última palabra". Más claro... Porque nadie puede pensar que era posible "la preparación para las formas de la lucha armada" sin tener una estructura militar como la que bien o mal construyó el PCU. Por eso me resultó increíble que, cuando cayó el aparato, algunos compañeros, incluyendo cuadros de extensa trayectoria en el partido, pensaran que se trataba de una provocación de la dictadura. - ¿En cuáles operaciones que quiera mencionar participó usted? - Ya conté alguna, ¿no? Los traslados de material o personas eran bastante preparados. Voy a meter una que no tiene nada de heroica y mucho de ridiculez, como la de la contraseña equivocada. En aquella época no había celulares y los aparatitos que intercomunican (los handy), que usa la Policía, por ejemplo, eran un desastre. Por lo menos los que teníamos. Una vez hicimos una prueba intentando comunicarnos desde un auto con una casa. Solo se oían ruidos. Hasta que en un determinado lugar se oyó algo parecido a una voz humana. "Se ve que estamos cerca", dije yo, que no sabía dónde estaba el otro aparato. "Sí -me dijo el que venía conmigo-, estamos frente a la casa..." "Tirá esa porquería". Bueno, dadas esas limitaciones tecnológicas, un traslado, de armas o personas, implicaba estudiar bien la ruta, hacer previamente el recorrido y llevar adelante, bastante lejos pero visualizable, otro vehículo (auto o moto) que de alguna manera hiciera alguna seña si había una "pinza". Lo mismo con las casas a donde se llegaba: los "geranios en la ventana" de la novela de Esteban (Valenti), que casi siempre eran proletarios malvones, o una cortina corrida, o alguna ropita colgada. Era todo muy artesanal. Los del otro bando tampoco disponían de los medios que hay actualmente. Pero, eso sí, hicieron funcionar con solvencia la inteligencia, el espionaje, el trabajo de infiltración. "¿Vos qué harías con ese tipo si lo tuvieras a tu disposición?", le pregunté a otro compañero, ya presos los dos en un cuartel, a propósito de un infiltrado que lo "cantó" después de un fino trabajo de inteligencia. "Antes de pegarle un tiro, lo felicitaría", me respondió. Creo que tuvimos un problema: cuidamos mucho la parte de "afuera", pero creímos que el PCU era inexpugnable desde "adentro". A lo sumo varios podrían quebrarse en la tortura, pero que nos infiltraran los milicos, ah, no, eso no. A veces la confianza te lleva a la irresponsabilidad, a la negligencia, a subestimar los peligros. Puede ser considerado una forma de suficiencia, ¿no? Eso no quiere decir que no hubiese dirigentes y otros compañeros muy atentos a posibles señales de infiltración en el partido, pero igual no se pudo evitar que nos "entraran". -¿Entraron los servicios uruguayos o hubo participación de servicios de inteligencia extranjeros? - No olvidemos que aquello fue el Plan Cóndor, los agentes de la dictadura militares y civiles (como los médicos controladores de las torturas, que en muchos casos eran los verdaderos directores de los interrogatorios), formaron parte de aquella gran operación que tuvo a los servicios de Estados Unidos como el protagonista proveedor de medios y de instrucción, además de coordinaciones políticas. Aunque tampoco hay que simplificar. Cada país aplicó la represión a su manera. Chile, Argentina y Uruguay fueron escenarios de maneras diferentes de reprimir y torturar y hacer desaparecer gente. Incluso los métodos de tortura fueron cambiando con el tiempo. Pasó en Uruguay, claramente. Creo que hubo factores políticos que las dictaduras y los servicios de EE.UU. tuvieron en cuenta. No se entenderían las características del golpe y la represión en Uruguay sin tener en cuenta el objetivo político de destruir al Frente Amplio y el peso que éste tenía en la sociedad. Ese objetivo fue una especificidad uruguaya, como lo fue en el caso chileno el golpe para derrocar al gobierno de (Salvador) Allende. - ¿Los miembros del aparato solo realizaban tareas en el mismo aparato? - Eso hubiese sido lo lógico. Pero "salíamos" a hacer cosas que nada tenían que ver con el aparato. ¡Y qué cosas! Supongo que se pensó en la dirección del partido que como éramos del aparato, estábamos en mejores condiciones para hacer ciertas tareas aunque no tuvieran relación con la estructura militar. Poseíamos determinada preparación, manejábamos armas aceptablemente, teníamos experiencia para andar entre las patrullas con "cara de yo no fui", sabíamos por qué esquinas no había que pasar, qué cosas no debían hacerse, qué boliches eran adecuados para una entrevista y cuáles no, en qué lugar de la costa desembarcar un cargamento de "fierritos", y todas esas cosas. Entonces nos "sacaban" del aparato para, por ejemplo, trasladar hasta un determinado lugar a un dirigente del partido. O buscarle casa. ¡Un disparate! Porque los del aparato no éramos clandestinos. Lo que era clandestina era nuestra actividad. Nosotros vivíamos en nuestras casas, con nuestras familias, íbamos a trabajar, al fútbol, a pasear, a la playa, al almacén, a la feria, a visitar amigos y familiares. Por eso era absurdo hacernos cumplir actividades de alto riesgo que comprometían la seguridad del aparato. Fue así que me tocó trasladar en situaciones complejas a Arismendi. O a (José Luis) Massera y a (Gerardo) Cuesta, que tras la detención de Jaime Pérez quedaron, sucesivamente, a cargo de la primera secretaría. Y a Alberto Altesor, a quien recogí una noche en el puertito del Buceo cuando cruzó en un barquito enclenque desde Buenos Aires después de operarse del corazón con el doctor (René) Favaloro para reintegrarse a la clandestinidad. O sea, el anónimo tipo encargado político de los que guardaban o fabricaban armas, fue chofer y custodia de gente que era buscada por todo el andamiaje represivo de la dictadura. Gente conocida, que habían sido legisladores, dirigentes sindicales y políticos notorios. Por supuesto que me parecía un disparate, pero, "si el partido lo decidió así, por algo será". Siempre terminábamos en eso. Esto daría para reflexionar sobre cómo la confianza en un ideal social y político elevado, la conciencia política, de clase, ideológica o como se le quiera llamar, podía tener un dramático conflicto con la libertad de decidir; con la independencia de criterio; con el libre albedrío, y con la propia inteligencia. Y hasta con el vulgar sentido común. No era bueno pensar sobre ciertas cosas. Mejor concentrarse en cómo afrontar los peligros de la tarea encomendada, las emboscadas, lo que aparecía en el espejo retrovisor, el tipo con pinta de tira que nos pasó en una moto. Si el de la moto reconocía a Massera, un científico de renombre universal que había sido diputado y destacado dirigente comunista y del FA, resulta que se llevaban con él al tipo de los depósitos... No me sucedió eso, tal vez porque en realidad a mí no me seguían. Me reunía dos o tres veces por semana con el hombre que las FFAA infiltraron en el aparato armado: Álvaro (el Pato) Coirolo. -¿Quién era ese personaje del que se habla poco, el Pato Coirolo? -Hizo el liceo militar, seguramente inspirado por un tío, alto oficial de inteligencia del Ejército, estudió Ciencias Económicas y militó en la FEUU... ¡como anarquista furibundo! Hasta que un día se afilió al partido y al poquito tiempo fue designado jefe de la logística del aparato militar del PCU. Uno de los dos cargos de mayor jerarquía de dicho aparato. Nunca se vio un ascenso tan rápido a tan alta y delicada responsabilidad. Compañeros que lo conocían y sospechaban de él, se agarraban la cabeza. Algunos advirtieron a la dirección, pero no les dieron bolilla; a otros se les vino la frasecita a la cabeza: "si el partido lo decidió así, por algo será". Y, llenos de dudas y temores, lo aceptaron callados. Seguramente quienes adoptaron esa decisión, que fueron admirables luchadores, dirigentes que realizaron grandes aportes al proceso de unificación sindical y política de la izquierda, a la construcción de la CNT y del FA, que bancaron todos los tormentos cuando cayeron presos, fueron humanos. O sea, se equivocaron y "compraron" al Pato Coirolo. Como yo, que, peor aun, militaba con él permanentemente durante el periodo en que estuve en el aparato. O sea hasta que caí preso. -¿En qué momento fue detenido? -El 17 de noviembre de 1975, a las 17 horas, después de reunirme con el Pato en el Bar Tuyutí, cerca del Parque Batlle. Cuando me bajé del 427, en la parada frente a la Facultad de Arquitectura, camino a mi casa, me encañonaron y encapucharon. Juan María Bordaberry era el presidente-dictador. Pude llegar a casa, que era lo que quería aquella tarde del 75, el 2 de marzo de 1985, nueve años, tres meses y algunos días después, cuando Julio María Sanguinetti era el presidente constitucional. -¿Qué le sucedió durante su detención? -Fui a un sótano unos diez días donde tomé mis primeras "lecciones" de torturado. No sé dónde quedaba ese lugar. Luego fui, sin saber dónde diablos estaba, al Infierno. Perdí la noción del tiempo. Creo que fueron tres meses en ese lugar. ¿Cuál es la peor tortura? El tiempo cuando no pasa; la serie, lo inacabable, lo que no termina más. La colgada era interminable. Cuando te desmayabas aflojaban la cuerda. El submarino era desesperante, pero no podía durar mucho porque morías asfixiado o de un ataque al corazón. La colgada te la regulaban, para que no terminara nunca en tu cabeza. Porque cuando te bajaban y caías desmayado (ya habías perdido el sentido estando colgado), el tormento se prolongaba con las alucinaciones. El físico "descansaba" pero la cabeza seguía en la tortura. La picana era brava, pero no tenía esa continuidad desesperante de la colgada y de la sed. Creo que fueron las dos cosas peores. Cuando finalizaba una sesión, te daban una biaba terrible. Eso era fantástico, porque sabías que te iban a dejar nocau y se terminaba el suplicio por un rato. O cuando te amenazaban de muerte y te lo creías: por fin se termina, menos mal. Después de estar mucho colgado, hasta perder la conciencia, te bajaban y te tiraban en un jergón. En seguida te dormías... pero en seguida te levantaban y de nuevo al "gancho", como se le decía a la colgada. Y así horas y horas, días y días. Meses. El tiempo que no pasa nunca, el que no puede terminar. Eso es lo peor de la tortura. No las golpizas ni las quemaduras con cigarro ni la picana en los testículos o en la boca. Eso pasaba. Podías morirte, pero pasaba. La peor tortura era la que no te permitía verle el final. Era un juego diabólico con el tiempo, porque terminabas perdiendo toda noción del tiempo, justamente. Y del espacio. Creo que el Tito (José Jorge) Martínez hace la mejor descripción de la tortura que nos aplicaron por entonces. Está en su libro "Crónicas de una derrota". Es la vivencia desde el preso, desde lo que siente, desde lo que alucina, desde lo que imagina el torturado. No es la descripción del que mira una salvajada. Bueno, después fui al 5º de Artillería donde por varios meses nos mataron de hambre pero no nos aplicaron las formas de tortura del Infierno. A lo sumo plantones. Pero ahí volví a existir: le avisaron a mi madre que podía visitarme. En realidad le avisaron que estaba vivo. Hasta entonces fui, como todos los presos, un desaparecido. Ella anduvo por todos los cuarteles, incluso fue al interior. Bancó y bancó. Y recibí, después de muchos meses, su primera visita. Si habrá luchado contra la dictadura esa vieja. La dictadura no solo torturó a los presos, torturó a las familias. -¿Cómo siguió? -La siguiente etapa fue el Penal de Libertad. Un verdadero paraíso. Comías todos los días, tenías una hora de recreo, te bañabas, podías leer. Pero a las pocas semanas un sargento abrió la puerta de la celda, dijo mi nombre y me informó: "Usted sale en comisión". Mi compañero de celda me lo aclaró: "te llevan de nuevo a la 'máquina'". Y ahí anduve varios meses en lo que se llamaba "la calesita": de cuartel en cuartel. Fui al 4º de Caballería, y otra vez la tortura al estilo Infierno. Me la aplicaban en un sótano y de noche me llevaban a un calabocito a dormir. Afuera había un guardia que escuchaba la radio. Una noche se oía un partido de fútbol: "Defensor 4, Peñarol 1". Sí, soy "tuerto", por eso me acuerdo. "Si estaré rayado", me dije. Pero cuando el relevo de los guardias escuché el comentario: "Ché, cómo le ganó Defensor a Peñarol". Era cierto. Ya me había perdido el campeonato del 76. Ese 4 a 1 creo que era una liguilla. Estando en el penal, años después, un jugador me mandó una camiseta. No sé quién fue. Pero era como un tesoro, salía con la violeta al recreo. Me salió el hincha; no lo pude evitar. Tal vez estos pequeños recuerdos sirvan para matizar el recuerdo del horror que estoy intentando arrancarle a mi memoria. Bueno, volviendo a los cuarteles: del 4º de Caballería me llevaron al cuartel de San José. Pero en régimen de "engorde". Desde que me sacaron del penal había vuelto a desaparecer, hasta que mi primo, Mario Llana, que fue mi abogado, como lo fue de varios presos, logró visitarme. Ahí mi vieja y demás familiares se enteraron de que seguía existiendo. Un día me dieron por suficientemente repuesto, pero no volví al penal sino de vuelta a un cuartel de Montevideo: otra vez "máquina" conmigo. Y semanas después a San José nuevamente. Bueno, otra vez lo mismo, me alimentan un poco y de vuelta a la "máquina", pensé. Pero no. De esa segunda estadía en el cuartel maragato me llevaron al penal. Volví el 1º de julio de 1977. Desde el 17 de noviembre de 1975, cuando me detuvieron, habían transcurrido un año, siete meses y 28 días. Una "máquina" que, con brevísimos "recreos", tuvo una duración suficiente como para experimentar que lo de la tortura fue bien jodido. Durante mucho tiempo, cada vez que abrían la puerta de la celda, era inevitable: "Zas, otra vez". Pero no, pasaron los años y no volvieron a sacarme del penal, excepto para llevarme al Hospital Militar por una infección que me agarré, y para ir al Supremo Tribunal Militar donde el juez Silva Ledesma, sin mirarme, me notificó que estaba condenado a 15 años de cárcel y 30 de penitenciaría. O viceversa. -¿Lo procesaron, con qué cargos? -Supongo que por cruzar con la roja. Ya ni me acuerdo la carátula, pero era lo de siempre: atentado a la Constitución, etcétera, etcétera. Aunque por lo que me decían los que me torturaban, sospecho que la pertenencia al aparato militar fue un agravante de consideración... Si no matizás estos recuerdos con alguna bobada se te puede complicar el reencuentro con aquellos padecimientos. -¿Al salir participó de un análisis en el PCU de todo el proceso del aparato militar? - No conozco a nadie que hayan convocado para eso. Tal vez algunos tuvieron esa posibilidad. Del aparato no se hablaba. ¿Cómo se iba a hablar si después que terminó la dictadura y el partido tenía legisladores y locales por todo el país, algunos cuadros sostenían que en realidad el aparato fue un mecanismo de autodefensa previendo que las cosas se endurecerían? Todavía te encontrabas con algún compañero que te preguntaba: "Che, eso del aparato, ¿fue así?" Yo solía responder con mucha paciencia y desplegando argumentaciones de hondo calado político: "¿Por qué no te vas un poquito a cagar?" -¿Cuál es su balance personal? -En lo estrictamente personal, me resulta difícil. No sé si interpreto bien el sentido de la pregunta. Supongo que está referida al comportamiento en los momentos límite o durante el largo transcurrir de los años tras las rejas. Asumí un compromiso muy fuerte, elegí ser un militante, me tocó también, pero contra mi voluntad, ser un torturado, un preso y un reinsertado en la sociedad de los libres, que fue todo otro capítulo de la peripecia: la vuelta a la libertad. Pero dejémoslo porque no terminamos más. Sobre mi conducta en las pruebas extremas a que hemos sido sometidos los presos políticos, no voy a hablar. Lo que callé o lo que dije, lo que reafirmé o lo que me hizo dudar cuando estaba colgado en el gancho, solo yo lo sé. Solo lo supo cada preso, cada perseguido, cada torturado. Sin contar a los torturadores, claro, que tampoco sabían todo lo que pasaba por dentro nuestro. Solo agrego que no tengo vocación de héroe ni de mártir. Y me indignan los "indicadores" de martirologio. No voy a explicar por qué. No lo creo necesario. Pero hay otro aspecto del balance personal, que tiene que ver con lo político, pero también con la capacidad para pensar, advertir, intuir, decidir, creer, confiar, evitar el engaño, poner en funcionamiento la cabeza. Bastante antes de caer preso, el Pato Coirolo -mi jefe, mi entregador- me mostró, y se las ingenió para que yo tuviera en mis manos por unos segundos, un papelito amarillo donde con cierto camuflaje ortográfico figuraba, según él, la lista de los lugares donde había armas. Yo solo sabía la ubicación de algunas casas, aquellos sitios en los que participé en lo que llamábamos el "entierro", o sea la operación de llevar y esconder los "fierros". Me pregunté a santo de qué me mostraba aquel papel, si ni lo iba a leer y, menos aun, memorizar el contenido. ¿Por qué este no piensa que yo, llegado el momento, puedo "cantar" que hay un papelito amarillo? Pero borré esa duda de mi cabeza. En una de las sesiones en el Infierno, detienen el "tratamiento" que me prodigaban, y me levantan un poco la venda (siempre te tenían vendado). ¿Y qué veo? El papelito amarillo... Me desmoroné. Cayó todo, pensé. Estuve seguro de que Coirolo había caído, pero no pensé que aquel episodio ya lejano en el tiempo donde me puso en contacto con el papel amarillo tenía otra explicación, otro fin que su mera imprudencia: que llegado el momento sirviera para derrumbarme, para darme la certeza de que todo había caído y de que era inútil no reconocer lo que me preguntaban los torturadores. Pese a todo y por si acaso aguanté no sé si algunos días o algunas semanas más antes de firmar un papel que ni sé lo que decía. Pero antes de eso ya estaba desmoronado, quebrado, derrotado. -¿Cuándo le mostraron por primera vez ese papel? - No podría asegurarlo, pero diría que fue por el 74. O tal vez en el verano del 75, porque recuerdo que hacía calor y la ventana de la habitación estaba abierta. Sí estoy seguro de que fue bastante antes de que me detuvieran. Mucho antes. Tras el episodio subyace mi confianza acrítica en el partido. ¿Cómo mi jefe iba a ser un infiltrado? Nunca me pasó por la cabeza hasta que, ya levantada la incomunicación, hablando con otros presos en el 5º de Artillería, empezamos a atar cabos. Ya recibíamos visitas y nos enteramos que Coirolo no estaba preso, ni había estado detenido, que seguía viviendo en el mismo apartamento en avenida Italia, fungiendo como despachante de aduana en su oficina de siempre en la Ciudad Vieja, y que su mujer andaba enchastrando gente. Un enchastre que engrupió a muchos. A mí, por ejemplo, me atribuyó cosas que yo no podía haber "cantado". Pasó con varios compañeros. Cuando empezamos a intercambiar informaciones y a recordar episodios de nuestros vínculos con el Pato, nos cayó la ficha. Un infiltrado en una estructura compartimentada lleva a que haya gente que crea que quien lo delató fue el contacto directo, el compañero que conocía, el que iba a la casa o se reunía con él en un boliche. ¿Cómo explicarle que su nombre estaba en poder de la inteligencia militar? Muchos lo comprendieron, la mayoría; pero algunos no. Y a mí personalmente me costó bastante convencer a varios compañeros, incluso de la de dirección, que el Pato fue un infiltrado. Algunos murieron creyendo que el tipo se quebró o se asustó. Pero yo viví, como todos, mi experiencia particular. Otra gente no cayó porque fuera delatada, ni todos los golpes que recibió el PCU fueron consecuencia de la actividad de personas que colaboraban con las FF.AA. o eran miembros infiltrados en las filas del partido. Todo un capítulo sería el de los múltiples errores que se cometieron en distintas áreas de trabajo partidario, antes y después del golpe. Pero tampoco debe interpretarse de estos comentarios, que responden a preguntas específicas sobre aspectos de la lucha del partido, suponen desconocer los enormes méritos y lo mucho que construyeron los comunistas, antes, durante y después de la dictadura, incluyendo, por supuesto, la inclaudicable y arriesgada actividad en la clandestinidad, o la labor, también valiosa para reconquistar la democracia, de quienes lucharon en el exilio. Y un comentario más, aun: sería injusto no reconocer el papel gravitante, en varios aspectos determinante, del PCU en aquella larga brega por la libertad, pero también lo sería desconocer el aporte que en distintos momentos y condiciones realizaron los otros sectores del Frente Amplio y, también, los sectores democráticos de los demás partidos. Y mucha gente anónima. Pero estas no son cuestiones a desarrollar ahora, ante estas preguntas concretas. Quería dejar esta constancia. -¿Usted cree que el PCU debería haber utilizado las armas y la estructura que poseía contra la dictadura? -Nunca creí que hubiera llegado ese momento. Sí pensé que podría llegar. Pero para simplificar vuelvo a recurrir a un texto que me ahorra muchas palabras y es una síntesis impecable. Voy de nuevo con el Tito Martínez, en "Crónicas...": "Puede estimarse que fue inepto crear un aparato militar si cuando llegó el momento no se utilizó. Pero nadie había soñado en lanzarlo contra el conjunto de las FF.AA. por saberlo suicida: si el sentido común así lo indicaba también lo indicaban nuestros principales teóricos. La hipótesis operativa era, de darse enfrentamientos entre los militares como había sucedido en Brasil, y a partir de eso, lanzar una contraofensiva. Qué hubiera pasado a partir de la misma, si un baño de sangre o la toma del poder, es harina de otro costal". ¿Qué más querés que te diga? Estuvimos lejos de que tales condiciones se dieran. Y por suerte, porque viéndolo desde la perspectiva que nos dieron los años, las cosas construidas y los muros derrumbados, estoy seguro que hubiéramos estado mucho más cerca del baño de sangre que de un "poder" que tuvimos que rediscutir y repensar. Según su experiencia personal, ¿qué importancia le daban los servicios de la dictadura al combate contra el PCU y su aparato? Al PCU una gran importancia por la gravitación que tenía. Al aparato, en la medida en que su caída podía ser usada contra el PCU y también contra el FA. Pero no creo que cuando se inicia el gran operativo contra el aparato, las FF.AA. y sus aliados locales y la inteligencia de EE.UU. estuvieran preocupados por lo que ese aparato pudiera hacer. Sin aliados militares era imposible cualquier acción efectiva. Recién lo vimos en esa fundamentación de Tito Martínez. Los golpistas habían copado la dirección de las FF.AA. Los seregnistas y otros militares constitucionalistas estaban presos, exilados o, en el mejor de los casos, controlados. Y sin poder de mando sobre tropa alguna. Desde el punto de vista militar la situación del partido y del aparato era de un gran aislamiento ya desde mediados del 73, después que se levantó la huelga general, por mencionar un hito histórico. La caída del aparato fue concebida como una operación propagandística hacia la población pero también hacia la interna de las FF.AA., hacia la oficialidad joven en especial. Y también como un pretexto para incrementar la represión y mantener la dictadura. No sé si la operación contra el aparato cumplió esos objetivos, pero pienso que pudieron estar planteados. Y aquí cabe preguntarse: si esto fue así desde bastante antes del golpe contra el PCU iniciado en el 75, ¿por qué se mantuvo en el país a los integrantes del aparato como si la lucha armada tuviera vigente como alternativa de lucha? Es una pregunta que no me hice en aquel momento, pero que ahora resulta de cajón. Tal vez todos pensamos que en algún momento se generarían condiciones para desenterrar los "fierros". Pero pensamos poquito. Y mal. Fue un enorme error. Y en estos terrenos, los errores tienen altos costos humanos. Asumo mi parte de responsabilidad en esos errores. Jamás se me ocurrió plantear por entonces la posibilidad de darle "vacaciones" al aparato. Pero, otra vez, con el diario del lunes es fácil. Así que por aquí me quedo. -¿Por qué hay tan pocos testimonios y materiales de los protagonistas del aparato del PCU? -Por las mismas razones que hay tan pocos testimonios y materiales sobre otros aspectos de la trayectoria del PCU en aquellos años. En última instancia la izquierda, no solo el PCU y los que fueron del PCU, deberá avanzar en el complejo proceso de renovación para que se caigan estos otros muros, los de la palabra. Y no solo la izquierda. ¿Los colorados y blancos han hablado de su historia reciente? Muy poquito; e interpretando los hechos bastante mal muchas veces. En el caso del aparato del PCU, tuvo una "desgracia", por suerte. (Y no es un juego de palabras.) No ingresó en la fase de combate militar. Los tupamaros pueden contar episodios guerrilleros y vivieron situaciones que les facilitaron construir una épica. No es que los comunistas no la tengan, y la tienen en la lucha contra la dictadura. Pero la heroicidad, el martirologio, la épica, suelen asimilarse a algo más "cinematográfico", más relacionado con los sentidos, si se me permite expresarlo así. Es más fácil describir la muerte en un enfrentamiento que la muerte de un torturado o un desaparecido. Estas son muertes tapadas por la ignominia. No es fácil para la literatura, el cine, el teatro o el periodismo tornarlas visibles. Pueden imaginarlas, comentarlas, reconstruirlas parcialmente, pero no es fácil construir relatos con ciertas situaciones, con ciertas vidas, con ciertas muertes. La existencia que tuvo el aparato del PCU fue la de su propia lucha por no ser visible; por no mostrar lo que hacía; por pasar desapercibido. Andá a hacer una película sobre un individuo que vivió años tratando de que nadie se entere de lo que hacía, de lo que escondía, de lo que pensaba sobre la política, de sus temores, de su anónimo coraje, de su invisible sacrificio. No es que no se pueda, pero corrés el riesgo de que se parezca a una película de Bergman, pero mala. La taquilla va a buscar por lugares más fáciles; más aun en estos tiempos posmodernos de efectos especiales. -¿Qué más quiere agregar? -Que esto fue demasiado largo. (*) Organismo Coordinador de Actividades Antisubervisas Fuente:Uypress

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