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miércoles, 26 de agosto de 2015

LA OPINION DE A. MAZZUCHELLI: APORTES PARA PENSAR CON RIQUEZA EN EL TABLERO

Con la declaración de esencialidad, creo que, para todos aquellos a los que nos importa la educación, se terminó el tiempo de balconearla. He aquí lo que pienso hoy, que no son más que reflexiones de un ciudadano preocupado. Ojalá mucha gente que no está en ninguna de las dos trincheras se pronunciase. EL PRESUPUESTO NO ES EL PROBLEMA DE LA EDUCACIÓN La coyuntura en la enseñanza pública es muy difícil. No, como dicen sus principales actores, debido a que se enfrente un gremio combativo contra un gobierno “fascistoide”. Es difícil porque se enfrentan dos actores incapaces de hacer un diagnóstico medianamente creíble y seguible para el resto de la población. Ni el gobierno, ni el Ministerio de Educación, ni los docentes según los representan sus gremios, vienen siendo capaces de decir cosas significativas acerca de lo que pasa con la educación del país. Incapaces de diagnosticar, son incapaces de conmover. La gente en general reacciona, en buena medida, radicalizándose en una u otra de las dos posturas que le llegan. Ambas posturas son malas porque son muy pobres en términos de diagnóstico, porque seguirlas no promete solucionar nada ni en la educación ni en el país, y porque generan odio y radicalización. O sea, incomprensión y aun más pobreza para un imaginario nacional ya de por sí muy empobrecido. El gobierno actual tiene una Ministra de Educación que no impresiona por sus conocimientos pedagógicos, ni por sus antecedentes en la materia. Haberla designado fue una gran declaración de propósitos por parte del Presidente. Creo que el mensaje fue claro para todos: pongo a María Julia Muñoz porque tiene el carácter necesario para enfrentar a los sindicatos. Lo cual quiere decir que mi objetivo es ganarle la pulseada a los sindicatos. Eso no es un discurso sobre educación, sino sobre quién es más fuerte. En el otro lado, “más presupuesto para la educación” es lo único que se escucha. Hay que rebuscar, conocer gente de adentro y hablar con ellos con tranquilidad para informarse de que los docentes también discuten de educación, tecnología, nueva situación del estudiante... Lo que sale a la prensa, de parte de los representantes de los docentes, es raquítico en términos de diagnóstico. “Dennos más dinero, mejores locales y materiales”. Eso es todo. La gente, naturalmente, viendo que hace décadas que todo va cada vez peor en términos de aprendizaje, reacciona pensando “¿y para qué quieren más plata?” Cuando los docentes de dan cuenta de que su discurso sólo genera una frialdad general, que a su tiempo se va haciendo rechazo, se ofenden y se radicalizan más. Conscientes de que están en la línea de fuego de una sociedad que ya no puede educar porque no tiene idea de cómo hacer compatibles los ideales que comunica y vende todos los días en la comunicación masiva, por un lado, y lo que se propone como metas y contenidos de la educación, por otro, los docentes no han sabido hasta ahora articular públicamente su situación, que es casi un drama existencial. Son usados, pues, por dos discursos contrapuestos. El de los políticos, que les echa la culpa de todo, como “responsables últimos de lo que pasa”, y se lava las manos en lugar de producir el pensamiento y liderazgo serio que les correspondería tomar. No lo toman, porque tomarlo es conflictivo: implica empezar a decirle a sociedad y docentes que lo que está no sirve; que las estructuras en las que sobreviven van en contra de la educación; que insistir un modelo decimonónico degradado por la actual cultura casi ágrafa, por igual, de docentes y alumnos es absurdo: o se enseña a leer y escribir bien a los docentes, y a que amen los contenidos que deben enseñar, o se liquida oficialmente la pretensión de que la educación promueve de verdad la adquisición de competencias en lengua materna; pues una educación que cede ante la cultura del entretenimiento no merece llamarse tal. Por otro lado, el discurso de sus líderes gremiales actuales también usa a los docentes. Los radicaliza aprovechando la carga de frustración existencial que estos arrastran, pero no les da a cambio nada que ayude a cambiarla. Porque pelear por presupuesto, y entrenar nuevas generaciones en una gimnasia de aprendizaje de consignas y éticas de “lucha” sin contenido educativo alguno es lo mismo que desviar la energía de cada nueva generación de docentes hacia una cultura de consignas que hace décadas viene demostrando que de educación no tiene ni idea. Nada han mejorado en décadas con la lucha presupuestal. Y ya no se trata de temer, al hablar, una falsa oposición (“es el presupuesto y es, también, la mejora de la educación”). Se trata, al contrario, de oponer lo que debe oponerse para aclarar de una vez: el presupuesto no es el problema de la educación. El problema de la educación es la ausencia de un pensamiento y un acuerdo existencial conjunto entre autoridades, sociedad y el mundo educativo, que los comprometa a todos en un rumbo completamente distinto. No creo que el presupuesto para salarios dignos falte, ni con este gobierno ni con ningún otro. Esa reconsideración de todo debería darse con un previo sinceramiento del gobierno que admita que los docentes no son los principales responsables de lo que pasa, por un lado. Que les reconozca su dignidad, su esfuerzo diario, y su talento para hacer algo con las poquísimas armas que se les dan. Por otro, sin oir mucho, por ahora, lo que pretendan decir los actuales gremios de la enseñanza, que sólo estropearían cualquier discusión llevándola por los caminos politiqueros e ideologizados de siempre, que no van a ninguna parte. En efecto, los actuales gremios de la educación no parecen representar ningún pensamiento educativo, y es por eso que no creo que debieran ser demasiado escuchados en cualquier discusión educativa. Lamento que haya que decir estas cosas. Los dirigentes gremiales y los docentes con la cabeza conquistada por sueños consigneros se enojarán y ofenderán. Pero si nadie las empieza a decir todo seguirá igual. Es decir, cada vez peor.

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