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viernes, 20 de febrero de 2015

F. SERPICO: AQUEL HEROE POLICIAL DE LOS AÑOS 70

No es fácil dar con un fantasma. Frank Serpico, de 78 años, ex policía neoyorkino, héroe de película, bohemio, seductor, hippy, soplón, poeta, místico, actor y tantas otras cosas, prácticamente lo ha sido durante los últimos 40 años. Desde que en 1972 entregó su placa y, un año después, Sidney Lumet decidió inmortalizarle en la famosa película 'Serpico', Paco, como le conocen sus amigos, apenas se ha dejado ver.



EL PAÍS de Madrid le buscó a finales del año pasado para conocer su opinión sobre las muertes a manos de la policía de los afroamericanos Michael Brown y Eric Garner, sucesos que han abierto una crisis sin precedentes entre la policía de Nueva York y el alcalde Bill de Blasio, agravada por el asesinato de dos agentes en Brooklyn en diciembre.

Sin embargo, el rastro de Serpico se perdía por las montañas del norte del Estado de Nueva York, junto al río Hudson, donde vive solo en una cabaña, sin conexión a Internet ni televisión. Como último recurso quedaba dejar un número de teléfono y una dirección de correo entre aquellos que habían estado con él en los últimos años. Y esperar. El fantasma apareció una cerrada y silenciosa noche de frío polar y nevadas en toda Nueva Inglaterra.

“Viceeeenteeee”, atronó una voz cascada y surcada de interferencias al otro lado del teléfono en la segunda semana de enero. “Sí, ¿quién es?”, respondió este reportero. “Soy Franceeescooo”, añadió la voz en español. Allí estaba, efectivamente, como es él: cálido, bromista, irónico, capaz de chapurrear hasta cinco idiomas… “Tú no escribes para los gringos, ¿verdad?”, preguntó. “No, trabajo en EL PAÍS”. “Bien”, resolvió. La cita se concertó para unos días después, en una granja del condado de Columbia, a dos horas al norte de Manhattan. “Sin fotógrafos”, advirtió.

La Hawthorne Valley Farm es un complejo agrícola con tienda y cafetería, rodeado de algunas casas y un colegio, al que acuden los lugareños para hacer la compra, recoger a los niños de clase y charlar entre ellos con un sopa humeante en las manos. Paco llega en un 4×4, sucio de nieve y barro, a la hora en punto. Su aspecto es el de una estrella de rock retirada. Gorro de lana, abrigo de lona hasta los pies, botas altas de piel, colmillos de marfil en forma de pendientes en ambas orejas, lente de aumento colgada del cuello, anillo de plata con una calavera en la mano izquierda y un cinturón con motivos indios repleto de turquesas. Tras sus gafas oscuras, unos ojos vivos e inteligentes rastrean lo que sucede a su alrededor.

En su mejilla no se aprecia la cicatriz del balazo que recibió en la cara durante una operación antidroga en Williamsburg (Brooklyn) en 1971. Es la escena con la que arranca la película. Serpico intenta acceder a una casa de traficantes, pero queda atrapado en la puerta sin poder utilizar su arma. Pide ayuda a gritos a sus compañeros, pero estos ven una ocasión perfecta para librarse de él y le abandonan a su suerte. Un narco dispara a quemarropa contra el rostro del policía. Queda malherido. Un vecino hispano llama a una ambulancia y le salva la vida. Un año después deja el cuerpo.

Serpico todavía tiene pesadillas con ese momento. No puede olvidarlo, aunque quiera. La nariz le moquea permanentemente por culpa de los fragmentos de plomo que todavía siguen alojados bajo su cerebro, en el canal nasal.

“¿Lo ves? Están todos muertos”, comenta a voces nada más tomar asiento en la cafetería de la granja mientras señala un anuncio a toda página en el periódico local de la serie de televisión The Walking Dead. “Sí, es una serie sobre zombis, muertos vivientes”, responde el periodista. “No me refiero a eso. Digo que están todos muertos, los que ven estas cosas, la gente… Solo quieren distracciones, consumir, ganar dinero. La gente habla de drogas sin saber que está drogada. Drogada por productos como este. Es otro tipo de corrupción. El mundo ha puesto la inteligencia en cosas que no son necesarias”, aclara. El alegato anticonsumista forma parte de la vida en soledad de Serpico. “Evito Nueva York. Aquello no es natural”, explica con un sonrisa burlona mientras devora unas sabrosas judías con vegetales.

Serpico compró en 1968 unos 50 acres (20 hectáreas) de terreno perdidos cerca del Hudson y allí construyó su cabaña. “Me propuso comprar la tierra un compañero del cuerpo. En aquella época muchos policías compraban tierras por el Estado. Eran los tiempos de la Gold Coast (Costa del Oro), que era como llamábamos a Harlem por el mucho dinero que los policías conseguían allí de sobornos”. Tras unos años por Europa, huyendo de las represalias de sus compañeros por haber denunciado la corrupción en la policía, Serpico volvió a Estados Unidos y se instaló en el campo en los ochenta.

Su días transcurren aislados cerca del poblado de Stuyvesant. Corta su leña, da de comer a las urracas, cría gallinas y cabras, pasea, escribe sus memorias, rescata animales heridos, asiste a las universidades cercanas a dar charlas, recita sus poemas en alguna radio, se aplica medicina china, medita, practica la flauta japonesa y los tambores africanos, y baila tangos con su novia (“amiga”, matiza). A sus 78 años, sigue siendo coqueto y seductor.

Posee un ordenador portátil, pero no tiene conexión a Internet ni televisión. Dos días a la semana acude al cercano pueblo de Hudson o a la granja Hawthorne, donde repasa su correo, toma café y charla con los vecinos. Todos le conocen, sobre todo los niños, con los que no cesa de bromear. Goza de buena salud, aunque tiene dañados los nervios de la pierna izquierda, lo que le produce un dolor intenso, y apenas oye de un oído.

Vive de su pensión y de los derechos que le reportó la biografía que escribió Peter Maas, de la que se vendieron tres millones de ejemplares. Conserva la placa de detective y su revólver. Le indignan las noticias del mundo. Entre las últimas, todo lo sucedido con la policía de Nueva York y las muertes por un excesivo uso de la fuerza. “El problema de la policía es de actitud. Yo soy la ley, dicen. No, yo soy el que defiende la ley. Yo no soy la ley. Representar la ley es un derecho, y hay que ganárselo”, clama. “Si matas y maltratas, cómo quieres que te quieran. Solo saben dar excusas, cobardes excusas. Estaba en riesgo mi vida, tenía miedo, dicen. Y las excusas son como el culo, cada uno tiene uno”, añade.

Serpico cree que la corrupción que anidaba en el cuerpo en sus años no es ya el principal problema, sino el uso excesivo de la fuerza. “Los policías de ahora se quejan como niños de que no quieren hacer sus deberes. Tienen miedo. Un policía con miedo es un policía mal preparado. No se puede ejercer este oficio con miedo”, argumenta. “Un policía te puede matar, porque la ley les permite usar la fuerza. Decir que lo hace por miedo es cobardía. Es legítimo querer regresar sano y salvo a casa cada noche, pero no a costa de la vida de un inocente. Eric Garner era un tipo inocente que vendía cigarrillos en la calle. Los policías de ahora son lobos con piel de cordero”, denuncia.

En 1994, el exagente mandó una carta al entonces presidente Bill Clinton en la que le advertía de que los niños tenían miedo de los policías. “Cuando yo era niño, mi madre me decía siempre que, si tenía un problema, llamara a un policía, que él me ayudaría. Yo me hice policía porque, de niño, quería atrapar a los ladrones que, según me contó mi madre, habían matado a mi abuelo para robarle. Ahora es distinto”, recuerda. En aquella carta, Serpico pedía a Clinton la creación de una comisión que analizara cómo se había corrompido la relación entre la policía y los ciudadanos. Solo recibió una respuesta de agradecimiento.

En su opinión, los sindicatos policiales de Nueva York tienen demasiada fuerza. “Lo que hicieron con el alcalde, volverle la espalda durante los funerales, fue inaceptable. ¿Pero quién manda en la policía, el jefe del departamento o el sindicato? Tenían que haberles sancionado”. Sobre el alcalde, destaca su complicada situación: “Está en medio de los afroamericanos y de la policía. Es complicado. Su mujer es negra, sus hijos también…”.

La relación de Serpico con la policía de Nueva York sigue siendo tormentosa. No en vano, suyos fueron los testimonios que llevaron al cuerpo a la peor crisis de su historia. Hijo de inmigrantes italianos de Brooklyn, el niño Francesco veneraba a los agentes de su barrio. En 1959 logró su placa. Ocho años después, ya como detective, denunció la corrupción de sus compañeros ante sus superiores. Dio información detallada, pero no se hizo nada. Impotente, él y su compañero David Durk acudieron a The New York Times.

En 1970, presionado por la opinión pública, el alcalde John Lindsay abrió la comisión ­Knapp, ante la que testificó el policía. Los resultados mostraron un cuerpo corroído por los sobornos y la ley del silencio. El realizador Sidney Lumet hizo una película sobre estos hechos en 1973. El protagonista fue Al Pacino, que bordó uno de sus mejores papeles. Según el American Film Institute, Serpico es el número 40 de la lista de héroes de cine más queridos, por debajo del perro Lassie (el número uno es Atticus Finch, el protagonista de Matar a un ruiseñor, el filme basado en la novela de Harper Lee).

Serpico no disfrutó del filme que llevaba su nombre. Dejó EE UU y se instaló en Europa. Compró una granja en Holanda, se casó con una holandesa y recorrió el continente. Cuando su mujer murió, vendió la granja y regresó a Estados Unidos. Era la década de los ochenta. Durante un tiempo recorrió en caravana el país y Canadá. Finalmente, se instaló al norte de Nueva York, lejos pero cerca de la ciudad que casi acaba con su vida. Las cosas, asegura, han cambiado, pero no mucho. “No me sorprendió que el policía que mató a Eric Garner no fuera procesado por un gran jurado. ¿Cuándo ha sido la última vez que un agente ha sido procesado? Los fiscales no procesan a los policías y saben cómo controlar al gran jurado. Tienen relación con los policías, se sirven de ellos para enviar gente a la cárcel, son sus amigos”, enfatiza.

Para Serpico, hay un problema de falta de respeto hacia la ciudadanía en general y hacia las minorías en particular. “Se creen mejores que ellos. Es un problema de toda la sociedad, no solo de la policía. No hay respeto por la gente, solo se piensa en ganar dinero, en ganar poder… El ciudadano no importa. Ser policía es un honor, pero no un lugar en el que hacerse rico”. Mientras Paco habla, la gente acude a saludarle. A cambio de ser querido, reparte la bonhomía que tan bien retrató Al Pacino en la pantalla. Las anécdotas brotan de su boca: “¿Sabes lo que es la escuela de las siete campanillas? La escuela colombiana de carteristas. Practican con un maniquí con traje y siete campanillas. Si suena una sola campanilla mientras intentan robar la cartera, no valen para el oficio”.

Serpico se refiere a los delincuentes hispanos que llegaban a Nueva York en su época de agente. “Cogían la tarjeta plastificada con las instrucciones de seguridad del avión para abrir las habitaciones de los hoteles. La insertaban en la puerta y limpiaban la habitación. Los deteníamos en los pasillos. A mí me usaban de intérprete. En un interrogatorio, el teniente me pidió que preguntara a uno qué hacía en el pasillo con aquel folio plastificado. El tipo respondió, socarrón, que esperaba la guagua. La verdad es que algunos tenían gracia”, recuerda entre risas.

Es media tarde y los carámbanos de hielo que cuelgan de las vigas exteriores de madera del café gotean pertinazmente. Es el momento de volver a Nueva York, la hora de que el fantasma vuelva a su guarida. Antes de la despedida, Serpico se levanta, acude a su coche en el aparcamiento y vuelve con unos papeles en una carpeta. El primero de ellos huele a viejo.

Se trata del Código Ético de los Agentes de la Ley que estudió en la academia de policía a finales de los años cincuenta. Entre otras cosas, dice: “Como representante de la ley, mi deber fundamental es servir a la humanidad, salvaguardar vidas y propiedades, proteger a los inocentes del engaño, a los débiles de la opresión o la intimidación, la paz de la violencia o el desorden, y respetar los derechos constitucionales de todos los hombres con libertad, igualdad y justicia. (…) Mantendré la calma y el coraje ante el peligro. (…) Nunca emplearé una fuerza o violencia innecesarias”.

Tras mostrar la página como un tesoro, Serpico la vuelve a guardar con cuidado, sin dejar que nadie la toque, no sin antes hacer notar a su interlocutor que el texto se ha desdibujado con el paso del tiempo, que muchas palabras están a punto de desaparecer, razón por la que las ha subrayado a lápiz, como si quisiera salvaguardar su validez, su enorme significado, el sentido de vestir el uniforme de policía a riesgo de la propia vida.

Fuente: El País de M.

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